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En el ritual del progresismo contemporáneo, nada es más conmovedor que la visión incoherente de un vuelo a diez mil metros de altura.

Sara Aagesen, vicepresidenta del nuevo gobierno y ministra de Transición Ecológica, viajó a Colombia en la última parte de abril de 2026 con ese espíritu misionero decidido a salvarnos.

El destino no es insignificante: la ciudad de Santa Marta, un enclave paradisíaco en un país rico en petróleo y carbón, pero cuyo actual gobierno parece haber decidido que la mejor manera de llegar al paraíso es volar la escalera que les permite subir.

La misión de Ogerson en Colombia tuvo un significado casi místico. La conferencia internacional, celebrada entre el 27 y el 30 de abril, extendió el certificado de defunción a los combustibles fósiles, una especie de último rito energético impulsado por el gobierno colombiano.

Se trata de la extensión caribeña de la Cumbre Pseudoprogresista de Barcelona, ​​una reunión secreta que dictaminó que el futuro será verde, o no, aunque para conseguirlo hay que volver a la tracción animal.

La conferencia internacional, celebrada entre el 27 y el 30 de abril, extendió el certificado de defunción a los combustibles fósiles, una especie de último rito energético impulsado por el gobierno colombiano. Descripción resumida…

Lo fascinante del viaje no fue el contenido de los sermones, que habían sido memorizados y sonaban como palabras celestiales sobre resiliencia, ecosostenibilidad y transversalidad, sino la logística del apostolado de la señora Ogerson.

En una muestra de sacrificio personal, el vicepresidente tuvo que cruzar el Atlántico en avión. Es un escándalo para los puristas y una vergüenza para el planeta que este dispositivo no funcione con el poder de una sonrisa o el impulso de buenas intenciones, sino con queroseno, y mucho queroseno.

Es reconfortante saber que, si bien las emisiones de dióxido de carbono emitidas por el transporte oficial de la Sra. Ogerson han perdido su toxicidad, se supone que a los pasajeros se les debe prohibir el uso del combustible que la mantiene en el aire.

Este es el llamado “queroseno nacional” o “queroseno sagrado”. Si usted, un ciudadano sufrido desde hace mucho tiempo, se atreve a conducir su viejo diésel al trabajo, es un terrorista climático digno de ridículo.

Pero si la vicepresidenta aterriza en la costa de Colombia y dice que el petróleo es pecado, su huella de carbono se transformará milagrosamente en eco-incienso.

En Santa Marta, rodeada de aristócratas climáticos que viven de subsidios y aplausos mutuos, la señora Augerson se sentiría como en casa.

Allí, el gobierno local decide que la extracción de combustibles fósiles es para los ancianos, para caballeros con sombrero de copa y puros, y que es mejor importarlos de la vecina Venezuela o, quién sabe, espera a que el Sol del Caribe decida trasladar la industria por pura solidaridad ideológica. Esta es la victoria de la teología sobre la termodinámica.

La ironía es tan espesa que se podría cortar con un cuchillo, pero en el ámbito del poder de “despertar”, la ironía es un concepto reaccionario.

Se dice que las economías deben descarbonizarse con una urgencia que roza el pánico, mientras los sumos sacerdotes de las nuevas religiones energéticas se mueven por el mundo con una frecuencia que haría ridículo a un piloto de Fórmula Uno. El lema es claro: “Haz lo que te digo, pero no mires el plan de vuelo de mi avión”.

Entre el 28 y el 29 de abril, cuando el termómetro de la hipocresía estaba a punto de estallar, Ogerson firmó declaraciones exageradas contra todo lo que oliera a progreso industrial.

Se habla de una “transición justa”, un eufemismo utilizado para describir el proceso mediante el cual la energía se convierte en un lujo para los pobres y los políticos se cuelgan medallas.

Porque, en última instancia, de eso se trataba el caso Santa Marta, de demostrar un sentido de superioridad moral que sólo puede perdurar si los riñones están garantizados por el presupuesto público.

Lo que estamos asistiendo es al resultado del modelo progresista que tuvo lugar en Barcelona hace unas semanas: un laboratorio de ideas que prohíbe los coches y al mismo tiempo fomenta el turismo de cruceros, siempre y cuando el capitán jure que es muy feminista.

Colombia es ahora una nueva rama de esta práctica descarada. Un país con vastos recursos ha sido empujado a un abismo de dependencia por las élites que consideran la realidad como un detalle menor en la narrativa oficial.

Ella, nuestra vicepresidenta, bajó las escaleras a mediados de abril en Colombia, respirando aire saturado con hidrocarburos de turbinas en llamas, lista para dar una clase magistral sobre por qué otros deberían dejar de usar lo que ella acababa de consumir.

Se trata de un cinismo que se eleva al nivel de la política nacional. Es una coreografía vacía donde lo importante no es calentar la casa sino tener una foto bien compuesta en las redes sociales.

Al final del evento, cuando las luces de la conferencia se apagaron (probablemente alimentadas por una central eléctrica alimentada por carbón que nadie mencionó), Sarah Ogerson regresó a su asiento de cuero y suspiró satisfecha mientras el motor rugía nuevamente, quemando fósiles a un ritmo forzado.

Ha hecho su trabajo: promover la pobreza energética desde la comodidad de la estratosfera.

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