Estamos a un partido de la gloria y a noventa minutos de que dos españoles se abracen sin comprobar antes el resultado de la votación del otro. La selección nacional tiene la rara habilidad de sofocar nuestros resentimientos. En otras palabras, los días en que vivimos. … La reflexión, estrictamente hablando, se produce a través de una reflexión irreflexiva. Nos lo hemos ganado.
Oyarzabal marcó, apareció Pedro Polo, Lamín finalmente enchufó, y hasta los vecinos que practicaban a las ocho de la mañana parecieron compatriotas por unos segundos. Y luego volveremos al Congreso, a los tuits de Salfman, a ese policía que repetía la palabra “traidor” como si le pagaran por sílabas.
Pero si juega la selección nacional, habrá una tregua, y la tregua, unida a la víspera de la tregua de hoy, empieza a parecerse mucho a la felicidad. Luis de la Fuente incluso logró que lo celebráramos sin ironía, que es lo más parecido a una gesta nacional. Lo hizo en Berlín, y ahora lo ha vuelto a hacer, tras vencer a Francia con una selección que parecía llevar toda la vida ensayando su alegría.
Le bastó con exponer las cosas buenas, cambiarse de ropa a tiempo, repetir que somos una familia, expresión que fuera del fútbol suele anunciar una herencia compleja, pero aquí, para sorpresa de todos, funcionó. De La Fuente aún podría perder la final, contra Messi, porque la crueldad del fútbol está reservada para cuando la gente ya haya ordenado la bandera. Veremos.
Pero nadie puede quitarnos la gloria de volver a juntarnos ante nuestras pantallas, la gloria de convertir por unas horas a este país molesto en un país feliz, y la gloria de lograr un acuerdo que España también sabe hacer, siempre que haya una bola de por medio y la iniciativa no se someta a votación parlamentaria.
Y luego están los niños. Miras a Lamín, Nico, Pedri, Cubasi y todo ese grupo de muchachos que todavía parecen estar rogando volver tarde a casa, y entiendes que De La Fuente está haciendo más que simplemente acumular talento. Logró que tocaran de una manera casi antigua y natural. No hay histeria patriótica, ni epopeyas pulp, ni exigencias españolas de convertir cada victoria en una lección de historia.