El gobierno vasco (PNV-PSE) ha condenado a prisión de tercer grado al miembro de ETA Arkaitz Agirregabiria del Barrio, condenado por el reciente asesinato de un gendarme francés por parte del grupo terrorista.
También otorga la cláusula 100.2, permitiéndole … El viernes José Luis Rubenach, también etarra, fue condenado por el asesinato del teniente coronel Pedro Antonio Blanco el 20 de enero de 2000. Conchita Martín, a quien admiro, ha estado en mi mente desde que supe la noticia.
Ambas sentencias se enmarcaban en las medidas de “flexibilidad” para asesinos incluidas en el acuerdo entre Bildoo y el Gobierno. Recordemos lo que dijo Otegi: “Nuestro presupuesto de preso”.
Con este asesinato, ETA rompió la tregua que había alcanzado con el Gobierno de Aznar. Esa mañana, el teniente coronel Blanco estaba esperando su auto oficial en la esquina de su casa cuando de repente unos comandos volaron el auto. El cuerpo de Pedro Antonio quedó tan mutilado que ni siquiera sus órganos pudieron ser donados.
La propia Conchita me lo explicó con escalofriante entereza: “La bomba de ETA fue explotada para la familia Blanco-Martin. Mi familia. Los asesinos mataron a mi marido pero no lo derrotaron. Tampoco olvidaré la historia de su hijo pequeño viendo las noticias esa mañana: ‘Mamá, dicen el nombre de papá en la tele'”.
Cada premio que recibe un etarra es un escupitajo a la memoria, el honor y la dignidad de las víctimas. Porque ese psicópata, sin una pizca de remordimiento, paseará orgulloso por su pueblo como si nada, mientras Conchita y sus hijos Almudena y Pedro seguirán llorando por su marido y su padre sin siquiera poner un pie en esa maldita esquina.
Estamos acostumbrados a la vergüenza. Ya casi no nos inmutamos ante la vergüenza y los muertos. Suponemos que el asesino queda libre mientras miles de Conchitas, Almudenas y Pedros claman en silencio contra el “Pan de cada día”.
PD.-Esta semana he participado en el curso de verano “Terrorismo y Sociedad” en El Escorial, organizado por la Fundación para las Víctimas del Terrorismo y el Centro Memorial a las Víctimas del Terrorismo, bajo la dirección del General Ballesteros, junto con mis compañeros Pedro Picras y José María Irujo. Nos hacemos una pregunta clave: ¿Es la sociedad española (desde la política hasta los medios de comunicación) justa con las víctimas del terrorismo?
Mi respuesta es tajante: no.