Un viaje al sur de Malawi sobre cómo un proyecto aporta tiempo, atención y dignidad a las personas mayores en un país donde la supervivencia se ha convertido en un desafío.
Llegamos al final de la tarde, cuando el sol comenzaba a ponerse y el paisaje se aplanaba bajo la luz cansada. El coche avanzaba lentamente por las carreteras de Benga, evitando el polvo, las cabras y los niños que regresaban a casa. Nuestra agenda no es larga. Sabíamos que esta visita sería corta. A veces, sin embargo, basta con pocos conocimientos para comprender las realidades de un país.
El proyecto Agogo no hace publicidad. No hay edificios dignos de respeto, ni señales dignas de atención. El proyecto está casi disfrazado e integrado en la vida cotidiana. Agogo significa viejo. Ser nombrado así no es una etiqueta, sino una forma de reconocimiento en un país donde las personas mayores no son comunes.


Stephen ha estado con nosotros desde el principio. Y Manolo, un español afincado en Malawi desde hace muchos años, se comporta con naturalidad al caminar, como quien ya no observa desde fuera. Nos acompañan varios sacerdotes jóvenes que son parte del futuro de la Diócesis de Benga. Escuchan más de lo que hablan. Aquí el alivio no es una idea sino una necesidad.
El centro de día está situado entre árboles y edificios bajos. Dispone de agua, suministro eléctrico propio y facilidad de pedidos, lo cual se agradece. No hay lujos ni intención de impresionar. Hay bancos, sombra y comida caliente. Algo que escasea en muchas partes del país es un refugio que dé prioridad a la atención.
Educar cuando todo escasea: lecciones del largo camino de Malawi hacia la escuela
El hombre mayor se sentó, habló y esperó. Algunas personas caminan varios kilómetros para llegar allí. En Malawi, la vejez suele asociarse con la soledad, la pobreza extrema y, en muchos casos, con la responsabilidad de cuidar de quienes quedan atrás. Aquí pueden descansar al menos unas horas.

El proyecto Agogo acompaña a aproximadamente 350 personas mayores en los alrededores de Benga. La mayoría son mujeres. Esto no es una coincidencia. En Malawi, la esperanza de vida es de unos 64 años, una de las más bajas del África subsahariana, y la vejez femenina suele caracterizarse por la viudez, el abandono y la extrema inestabilidad.
Muchas de estas mujeres mantuvieron a familias enteras durante décadas, cultivaron, criaron, cuidaron y cuando dejaron de ser útiles para la economía doméstica, desaparecieron del sistema.
Las cárceles sin muros de Malawi: el castigo es aprender a “volver a vivir” sin rejas
Por eso Agogo no se limita a los centros de día. El proyecto también pretende hacer algo más difícil y permanente: construir casas sencillas cerca de los pueblos donde siempre han vivido estas personas. No se trata de trasladarlos ni aislarlos, sino de protegerlos sin sacarlos del entorno. Ya se han instalado una treintena de personas, casi todas mujeres, que comparten alojamiento, compañía y tiempo.


Las casas no tienen electricidad tradicional pero tienen techos macizos. No hay comodidades, pero sí seguridad. Pequeños dispositivos que funcionan con energía solar pueden cargar su teléfono o encender luces básicas cuando cae la noche. Mientras no se sumerja completamente en la oscuridad, es suficiente. Lo suficiente para no desaparecer por completo al final del día.
Entramos en una de las casas. El interior es austero y discreto. Cama sencilla, paredes limpias, pocas cosas. Una mujer se sentó a recibirnos, tranquila y sin pretensiones. No hubo discursos ni agradecimientos extravagantes. No estás aquí para agradecer, estás aquí para vivir con dignidad.

Volé el dron durante unos minutos. El zumbido rompió la calma de la noche y provocó una reacción inmediata. Riendo, mirando al cielo, señalando. Los niños celebraron cada giro como si fuera un truco de magia. Las mujeres observaron esta escena con incredulidad y risas reprimidas.

Por un momento, la tecnología dejó de ser algo lejano y pasó a ser un juego compartido. Esta escena, por breve que sea, dice mucho de que incluso aquí, incluso ahora, todavía hay lugar para la sorpresa y la alegría.
Stephen explica que el propósito de Agogo no es alargar la vida, sino acompañarla. En Malawi, las colaboraciones tienden a centrarse en los niños, la educación y la urgencia constante. Se ignora la vejez, como si ya no fuera digna de atención o inversión. Más bien, este proyecto nació de este vacío.


Aquí no existe una red pública sólida para proteger a las personas mayores. Las pensiones son casi inexistentes y el acceso a los servicios básicos depende casi por completo de la familia o la comunidad. Cuando esa red falla, la vejez se convierte en una lenta forma de exclusión
Manolo señaló atentamente las instalaciones. Aquí el dinero no se diluye ni se pierde en estructuras abstractas. Se transforma en agua potable, alimento diario y muros para protegerse de la temporada de lluvias. Consíguelo a tiempo. En noches menos vulnerables.
El sol se estaba poniendo y regresamos al centro para personas mayores. Sin ruidos innecesarios. Sin prisas. El día salió bien.

Antes de abandonar Benga, compare la brevedad de la visita con la profundidad de lo que vimos. En un país donde la supervivencia se ha convertido en un desafío, la vejez suele convertirse en una condena silenciosa. Al menos en este caso, algunos sostienen que no es así, y una vez más se destaca la importancia de la ayuda.
Agogo no promete milagros. No cambiará la suerte de Malawi ni corregirá la pobreza estructural transmitida de generación en generación. Pero hace algo importante, reconoce a las personas. Dale tiempo y espacio. Ofrece un lugar renovado en el mundo a personas que normalmente ya no lo tienen.


Cuando el coche arrancó, la oscuridad lo envolvió todo. Atrás quedaron las risas de los niños. La figura de la anciana desapareció gradualmente en la oscuridad.
En Malawi, donde casi todo empieza demasiado pronto y termina demasiado rápido, Agogo sugiere lo contrario: que la vejez no es un camino olvidado sino una fase que todavía merece atención, presencia, respeto y dignidad. Aquí esto ya es una especie de justicia.

Este artículo fue escrito en colaboración con ellos.