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El pasado sábado 30 de mayo marcó un nuevo punto de inflexión en la historia moderna de Venezuela. El ganador de las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, Edmundo González Urrutia, vive exiliado en Madrid, pero el gobierno de Nicolás Maduro desconoce sus resultados oficiales. Ya lo había expresado en un cónclave privado donde se reunió la oposición panameña: las elecciones presidenciales son necesarias para abrir el camino a una transición democrática.

Para comprender el rumbo del proceso venezolano vale la pena centrarse en tres fechas que influyeron en el rumbo del país. Mientras tanto, lea atentamente lo que dice la encuesta:

  • 22 de octubre de 2023: Primarias de la oposición.
  • 28 de julio de 2024: elección presidencial.
  • 3 de enero de 2026: La intervención militar estadounidense cambió casi todo.

En los dos primeros hitos, la gente utilizó la herramienta más poderosa de la no violencia: el voto. En su caso, la decisión de cambiar estuvo justificada por los números. María Corina Machado ganó las elecciones internas con más del 90% de los votos. Un año después, González Urrutia, su encarnación, recibió casi el 70 por ciento de los votos, según las minutas revisadas. Ante el tercer evento, la sociedad se retiró, en parte debido a la prohibición oficial de celebrar el derrocamiento de Maduro. Estos tres días resumieron la tensión entre la voluntad de los ciudadanos y la resistencia de los poderes establecidos.

Cinco meses después del derrocamiento de Nicolás Maduro, los líderes en las encuestas de opinión son María Collina Machado, Marco Rubio, Edmundo González Urrutia y Donald Trump. Un estudio de la firma internacional Atlas Intel encontró que la desaprobación hacia la gestión de Delcy Rodríguez aumentó del 47,1% al 58,7% entre abril y mayo. El salto negativo mensual fue de 11,6 puntos porcentuales, casi estableciendo un récord.

Las investigaciones también muestran que el 79% de la gente piensa que la economía está en una mala situación. Además, se cree que es probable que surjan acusaciones de corrupción. Las irregularidades administrativas han acompañado a la Revolución desde sus inicios. Transparencia Venezuela contabilizó 176 casos de corrupción con origen en el país sudamericano, que fueron investigados en 30 jurisdicciones internacionales, entre ellas Estados Unidos, España, Colombia, Suiza, Andorra, Argentina, Bulgaria, Francia e Italia.

Datos de estudios de opinión pública y diferentes testimonios revelan el estado de ánimo y el estado político del país. La jefa de la presidencia y la dirigencia que la acompaña son como la flor que no florece: al igual que Maduro, han llegado al umbral de la inviabilidad.

El plan de tres fases del Secretario de Estado Marco Rubio se ha topado con un muro de desconfianza. Aunque nunca han facilitado un cronograma, se da por finalizada la primera fase (estabilización); sin embargo, la segunda fase, la de recuperación, parece estar estancada. El tercero es la transformación. Sin embargo, las declaraciones de los funcionarios estadounidenses son lo suficientemente vagas como para sugerir que este no es un plan secuencial.

Además, la troika gobernante sufre de ceguera de paradigmas e insiste en liderar el país con un mapa político obsoleto; un enfoque que quizás les resultó útil cuando el control social, el petróleo y las narrativas revolucionarias todavía eran herramientas útiles.

¿Qué se puede hacer ahora?

Ante tan pobres números se presentó una oportunidad: la propuesta por González Urrutia y Machado. Generar confianza implica establecer legitimidad. Es posible un nuevo proceso electoral y negociaciones aceleradas basadas en un mandato popular. Pero para lograrlo es necesario seguir tomando medidas.

En algunos pasillos diplomáticos circulan rumores de que Machado no está dispuesto a negociar. Declaraciones recientes aclaran al traidor declaración de panamáaprobado por los partidos Plataforma de Unidad y fuerzas de centro izquierda alineadas con las propuestas del premio Nobel. En el documento expresó su “determinación de promover negociaciones políticas serias, firmes y responsables con el régimen interino con el apoyo del Gobierno de Estados Unidos para restaurar la democracia en Venezuela”.

Para avanzar en esta dirección, González Urrutía -un hombre que nunca quiso el poder pero aceptó ser candidato y ganar las elecciones- también anunció la necesidad de celebrar nuevas elecciones en condiciones que garanticen la participación de todos.

“Para mí, reconocer la necesidad del proceso electoral presidencial significa respetar la voluntad de un pueblo que quiere libertad. Venezuela por encima de todo. El mandato del 28 de julio pertenece a Venezuela. Yo soy su guardián, no su dueño”, dijo en una declaración considerada la declaración política más poderosa de los últimos meses.

Parece que ya estamos empezando a avanzar en esta dirección. Miremos el otro extremo de la posible tabla.

A partir de 2024 hubo advertencias sobre las consecuencias del fraude electoral. En 2025, ante el acoso militar de Estados Unidos, a Maduro casi le suplicaron que aceptara irse. Sin embargo, la dictadura confía en poder ganar. Algo similar ocurrió hoy.

Las expectativas y esperanzas del país se dispararon después del derrocamiento del presidente de facto, especialmente ante las promesas de una mejora de la economía. Cinco meses después de que se estableció el nuevo régimen, los venezolanos comunes y corrientes aún desconocen estos beneficios, a pesar de que se tomaron medidas muy rápidas. No es sencillo. La economía ha quedado devastada por años de malas decisiones; La inflación anualizada alcanzó el 600% en febrero. En lo que va del año, esta cifra ha superado el 71% y se espera que alcance los tres dígitos para finales del año fiscal 2026.

Ante todo esto, el entusiasmo está empezando a calmarse.

La declaración de González Urrutía del 30 de mayo apuntaba a un objetivo claro: virar el momento hacia las elecciones presidenciales para que puedan comenzar negociaciones reales. No porque las elecciones por sí solas resuelvan los problemas estructurales del país, sino porque el camino hacia las elecciones puede aliviar las tensiones, reducir el sufrimiento acumulado y aumentar la buena voluntad.

La sociedad venezolana ha pagado un precio exorbitante. El colapso económico, la migración forzada de millones de personas, la represión, la tortura, las ejecuciones extrajudiciales, la falta de servicios públicos y las brechas de desigualdad han dejado una huella que no puede borrarse mediante posturas políticas. Considerando la gravedad de los daños, hablar de “tragarse el sapo” es un cliché ridículo.

Mientras tanto, los miembros de la dirección gobernante intentan gestionar el control de facto que aún conservan. La mayoría de la gente no los quiere y lo saben. Se dan cuenta de que son responsables del deterioro del país, pero todavía esperan nuevas oportunidades.

Paradójicamente, esta posibilidad existe. No buscar la eternidad, sino tomar el mejor camino. “Puente de Plata”, aconsejan los expertos en negociación.

En 2024, el partido gobernante preferiría ignorar la voz de todo el país que clama por un cambio. Sería una tontería volver a intentar burlarse de la opinión pública.

Sin embargo, el chavismo gobernante ha logrado algo importante: ha asentado la idea de que cualquier transición debe depender de ellos. Por mucho que se deteriore su imagen, sus dirigentes han defendido con éxito la noción de que son actores importantes.

En esta nueva ventana que se abre, el partido gobernante puede centrarse en las necesidades del pueblo. Decidir llevar a cabo un proceso electoral, establecer un calendario claro y comprometerse a respetar las decisiones mayoritarias podría ayudar a restablecer cierto clima de confianza, particularmente en el mundo de las inversiones.

Algunos insisten en que los factores militares internos fueron decisivos, pero los acontecimientos recientes contradicen esta opinión. El 3 de enero, una fuerza extranjera entró en Fort Tina, la instalación militar más importante del país, y se llevó a su comandante en jefe. El 23 de mayo, otro incidente dejó claro que la interrelación de fuerzas no es lo que el poder pretende proyectar. Por primera vez en la historia del país, las fuerzas armadas estadounidenses realizaron ejercicios militares a plena luz del día con el consentimiento de la dictadura de Caracas. La metáfora es obvia: cañones de alta tecnología versus machetes de madera.

Es una cruel ironía que una revolución que prometía restaurar los valores nacionales, cuya base ideológica se condensaba en el llamado “Árbol de las Tres Raíces”, mezcla de las ideas de Simón Rodríguez, Simón Bolívar y Ezequiel Zamora, terminara entregando la soberanía nacional a sus enemigos históricos porque no reconoció la soberanía popular expresada masivamente el 28 de julio.

Pero incluso ahora, cuando la legitimidad se ha evaporado y la economía no ha despegado, hay una salida honorable: permitir que Venezuela vuelva a votar y respetar los resultados. Esta es la puerta que señaló González Urrutia. El régimen vuelve a tener la clave. Puede utilizarlos para contribuir a una transición pacífica o, por el contrario, puede permanecer en el poder incluso si ya no cuenta con el apoyo mayoritario.

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