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Durante años no tuvo nombre ni rostro, sólo un número, un número aterrador. El inspector nº 81.067, vestido con traje gris y portando un maletín negro, acudió a la Audiencia Nacional, seguido de varios jóvenes, hombres y mujeres, que eran agentes especiales encargados de delitos económicos en su unidad. Cuando el juez de turno le pidió declarar, se acercó tranquilamente y puso los documentos y el portátil sobre la mesa. Alguien en el banquillo creyó haberlos oído. La muerte tiene un precio.

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