24 de mayo de 2026 10:05 am
Ahora que Galicia está de fiesta, y de mayo a septiembre se abren las fronteras del ocio al aire libre, recuerdo un dicho común de pasadas fiestas: “¿Estudias o trabajas?”.
Este es un paso seguro más allá de las fronteras … Intercambiar miradas. Eso sí, primero hay que conseguir que la persona acepte bailar contigo: le tocas el hombro, esperas, y cuando se da vuelta, hace un gesto parecido al que hizo César cuando se pronunció esclavo en el circo; si te rechaza, su rechazo suele ser aburrido, te da la espalda sin remordimientos, pero si accede a bailar, comienza una carrera contra el tiempo, y en sólo tres minutos tienes que hacer que vuestra relación trascienda de la balada que toca la orquesta.
Luego rompes el hielo: “¿Estás estudiando o trabajando?”
Imaginemos una escena como esta: dos desconocidos tocándose las mejillas y moviéndose rítmicamente en esa misteriosa isla llamada “Wade”. Bailaron en silencio. Hay cientos de personas a tu alrededor haciendo lo mismo: hablando, riendo, emocionándose o avergonzándose, y ahí estás, esperando que Julio Iglesias, Perales o Los Ángeles alarguen en secreto la canción a más de tres minutos, o al menos, que las pausas entre canciones sean lo más cortas posible para que cuando le propongas otro baile diga que sí.
Todo esto sucede mientras masticas el polvo que se levanta del suelo, con los parlantes Semprini perforando tu cerebro a volúmenes cercanos a la distorsión.
Este es el precio de la fama. Imaginemos que en los años 70 y 80 las redes sociales para ligar fueran el ámbito de las fiestas y discotecas; emojis, miradas; WhatsApp, susurros. Las estrategias para llamar la atención -lo que hacemos hoy con la inteligencia artificial y el vídeo- incluyen vestirse apropiadamente y oler a Vetiver, Aqua Brava, Azur o Anaïs. En definitiva, todo ha cambiado y nada ha cambiado. Esto es amor, independientemente de la moda.