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Cada año hay un paso más; cada temporada hay quien advierte que ese no es el camino a seguir, que apoyar el toreo no significa que valga la pena defenderlo todo contra sus enemigos, y que un gran número de espectadores carnavalescos intentando amortizar el coste de la entrada mediante volcanes entregando trofeos no es la solución. Es más, esa banda de pañuelos que blanquean el tendedero podría ser el preludio de una muerte exitosa, como un depredador al acecho, esperando a quienes saben que estos “aficionados modernos” abandonarán la plaza el día en que la seriedad sea sustituida por las corridas de toros simuladas y buscarán otro espectáculo más entretenido.

Porque la esencia del toreo no es la diversión, sino la emoción. Como la celebración de ayer en la plaza de la Maestranza de Sevilla, es una luz roja, un aviso fluorescente de que debemos detenernos, reflexionar y cambiar de enfoque antes de que sea demasiado tarde.

Sevilla se ha ganado su altiva reputación a través del conocimiento, la sabiduría, la calma, la necesidad, la generosidad, el silencio y los arrebatos emocionales, y cuando la épica o lo estético trasciende los límites de lo que entendemos como posibilidad humana.

Ayer, La Maestranza se convirtió en un circo, repleto de gente dispuesta a pasarlo bien, sentir un cariño ardiente por su ídolo, ignorar a un protagonista llamado toro, montar una goleada sin balón y salir de la plaza con una sonrisa en los labios, aunque fuera falsa.

Quizás su sinceridad sea tanta como su ignorancia al creer que así es el Partido.

El peligro, sin embargo, no reside en el público. Pagó el precio y creyó que tenía derecho a usar su espíritu y su pañuelo como quisiera. El problema está en el palco en el que se sienta el hombre o la mujer que organiza la celebración. Ser anfitrión significa mantener la autenticidad, proteger la reputación y luchar por la integridad del programa hasta la última gota de sudor. En resumen, la justicia se deriva de la autoridad y el respeto a las normas.

Pero no. Ayer, el Presidente sucumbió al entusiasmo del público carnavalero, se olvidó de las exigencias, ocultó el reglamento -aprobó algunas tonterías indecorosas- y se sumó al ruido blanco con un pañuelo, sabiendo que estaba ofendiendo gravemente la alta dignidad de la plaza.

Pero esta no es la primera vez que esto le sucede, ni siquiera al propio presidente. Lo que se hizo ayer fue una mala práctica y ahora se está convirtiendo en la norma, deslizándose peligrosamente entre las grietas del fandom.

¿Quién nombró al equipo presidencial del Sevilla? El gobierno militar de Andalucía apoyó las corridas de toros, no sin razón. Ahora tiene la oportunidad de demostrar que, más allá de la retórica vacía, realmente le importa la longevidad del partido.

La Maestranza se “hundirá”, pero los arcos, las tribunas y las líneas no. Ha disminuido su prestigio, que es tan valioso como su historia, su dignidad, su honor…

Y antes de que el daño se vuelva irreversible, es necesario remediarlo urgentemente.

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