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Siempre sabe a premios, a infancia dulce y atemporal. Así como nadie envejece cuando ríe, nadie envejece cuando come helado. Es posible que tenga una hipoteca, hijos, facturas de automóvil. Puedes tener cataratas, sintrom, un pastillero. Días de la semana. Puede que tengas mucho pelo en las piernas, pero cuando el frío pegajoso amenaza con derretirse en tu cara, eres uno de esos niños afortunados que reciben tratamiento por problemas de garganta. Y luego vuelves a alguna plaza, a algún pueblo que reposa en tu alma, a algún verano donde tenías dos pavos, el sol en alta definición y una imaginación que se desplegaba en sus lamidas, y amistades salvajes brotaban de la pelota y la luna como bombillas actuando en el cielo en un circo nocturno.

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