Esto no es ciencia ficción, es la mayor oportunidad económica de la historia. La luna y los asteroides ya no son sólo rocas inertes, sino que se han convertido en las “gasolineras” y los “trasteros” del futuro. Las empresas y las potencias mundiales están inmersas en una carrera salvaje … El valor de sus recursos excede el de toda la economía mundial combinada.
En el cinturón de asteroides, una roca especial ha despertado el interés no sólo de los científicos, sino también de un número cada vez mayor de empresas. Con forma de patata y unos 220 kilómetros de ancho, orbita tranquilamente entre Marte y Júpiter. Su nombre es “Psique No. 16”. Si lográramos traerlo a la Tierra y distribuir su valor entre todos sus habitantes, cada uno de nosotros automáticamente nos convertiríamos en multimillonarios.
Esto no es una exageración. Cálculos de la NASA y varios observatorios económicos estiman que el hierro, el níquel y los metales preciosos que componen el asteroide valen unos 10 billones de dólares. Es decir, miles de veces más que el PIB combinado de todos los países del planeta.
La distancia de Psyche a la Tierra varía según su ubicación en un momento dado, oscilando entre 296 kilómetros y más de 600 millones de kilómetros. Pero no hay necesidad de llegar tan lejos. La “fiebre del oro” espacial ha comenzado, y esta vez no se trata de aventureros con pico y pala en el Salvaje Oeste, sino de empresas tecnológicas, agencias espaciales y fondos de inversión que entienden un hecho básico: la Tierra nos ha superado. La riqueza que necesitamos para seguir prosperando ya no está debajo de nuestros pies, sino sobre nuestras cabezas.
¿Qué perdimos en la luna?
A lo largo de la historia, la luna nos ha ayudado a medir el tiempo, ha representado la fertilidad de las mujeres y los ciclos agrícolas, ha sido fuente de inspiración para poetas e incluso en las últimas décadas algunos países la han mirado con cierto orgullo nacionalista. Pero en la visión de las principales agencias espaciales actuales, nuestros satélites ya no son una inspiración o un simple trofeo, sino que se han vuelto más pragmáticos: la “puerta de entrada” de la humanidad al espacio exterior.
Una simple mirada a la física explica la lógica de las cosas. Escapar de la gravedad de la Tierra sería en realidad una pesadilla en términos de consumo de energía. Para que un cohete salga de la Tierra, necesita alcanzar una velocidad de 11,4 km/s, es decir, 40.500 km/h (lo que llamamos velocidad de escape). Similar a intentar escalar una pared vertical y resbaladiza con una mochila de rocas. Cualquier cosa que se mueva lentamente inevitablemente caerá al suelo, como una piedra lanzada al aire. Por eso sólo podemos llegar al espacio utilizando cápsulas pequeñas, y tenemos que montarlas en los extremos de cohetes de decenas de metros de altura. Los cohetes no son más que grandes propulsores y enormes tanques de combustible necesarios para alcanzar velocidades críticas.
La luna, sin embargo, es una historia diferente. Allí la gravedad es seis veces menor. Y la velocidad de escape necesaria para botar un barco es “sólo” de 2,38 km/h. Es la diferencia entre escalar el Monte Everest o escalar una pendiente suave. Por tanto, el actual plan maestro de exploración espacial pasa inevitablemente por convertir la Luna en nuestro gran puerto espacial.
El razonamiento es eminentemente lógico: si quisiéramos viajar a Marte o explorar los millones de asteroides ricos en metales del sistema solar, no podríamos lanzar enormes naves de carga desde la Tierra. Esto sería prohibitivo. Sería prudente construir estas naves espaciales “allí”, o al menos repostarlas allí, y luego lanzarlas desde la luna al espacio profundo. Nuestros satélites se llaman estaciones de servicio y astilleros del siglo XXI.
“gasolinera” aérea
¿Pero qué ponemos en el tanque? Aquí es donde entra en juego la minería “in situ”, concretamente en la propia luna. Sabemos que en los polos de la Luna, escondidas en cráteres donde no llega la luz del sol, hay miles de millones de toneladas de agua congelada. El agua en el espacio es más valiosa que el oro.
De hecho, si aplicamos electricidad al agua (un proceso llamado electrólisis), podemos separar sus dos componentes: hidrógeno y oxígeno. Sí, el oxígeno es lo que respiran los astronautas, pero el hidrógeno licuado es uno de los combustibles para cohetes más eficientes disponibles. Entonces, la idea es que en lugar de gastar un montón de dinero para obtener combustible de la tierra, lo produzcamos directamente en la tierra.
Eso no es lo único que estamos buscando. La luna también es una Gran almacén de helio-3un isótopo muy raro en la Tierra (porque nuestra atmósfera lo bloquea) pero abundante en la superficie lunar, a donde llega montado por el viento solar. El helio-3 ha demostrado ser el “santo grial” de la fusión nuclear. Es un combustible limpio, no radiactivo y potente. Sólo 25 toneladas de este gas natural serían suficientes para satisfacer todas las necesidades eléctricas de Estados Unidos durante todo un año.
Nuestros satélites son enormes almacenes de helio-3, el “santo grial” de la fusión nuclear. Combustible limpio y no radiactivo
Según los cálculos, las reservas de helio 3 en la Luna se estiman en 1,1 millones de toneladas. Es decir, tenemos siglos de energía. Por eso no sorprende que, como acabamos de saber en enero de este año, empresas como Black Moon Energy hayan anunciado planes inmediatos (con la ayuda del Jet Propulsion Laboratory de la NASA) para enviar misiones robóticas específicamente para prepararse para extraer este isótopo. Es decir, tras analizar muestras de la misión Chang’e-5, China ha confirmado grandes reservas de helio-3 y está diseñando una futura estación de investigación lunar en respuesta a una nueva guerra comercial con Estados Unidos.
Los mineros del futuro ya están aquí
¿Cómo se extraerán todos estos recursos? Ahora podemos olvidarnos de Bruce Willis perforando un meteorito en Armageddon. La realidad es mucho más compleja. Empresas como AstroForge han identificado al menos un asteroide, el 2022 OB5, como objetivo de su misión espacial Odin, que se lanzará a bordo de un cohete SpaceX Falcon 9 el próximo mes.
Otra empresa, TransAstra, trabaja en la llamada “minería óptica”. En lugar de sentarse a cavar, la idea es capturar asteroides en bolsas inflables gigantes y utilizar concentradores solares para vaporizar las rocas con calor, extrayendo agua y volátiles sin siquiera tocar una pala.
Por su parte, la japonesa Ispace sigue allanando el camino para que los envíos de carga a la superficie lunar sean tan rutinarios como los envíos de Amazon tras la histórica misión Hakuto-R. Es un poco como lo que está haciendo Elon Musk con su empresa SpaceX. El objetivo final es claro: construir una economía circular fuera de la Tierra.
números vertiginosos
¿Es todo esto sólo un sueño lejano? Los analistas financieros dicen que no. Un ahora famoso informe de Morgan Stanley proyectó que la industria espacial mundial generará más de 1 billón de dólares en ingresos para 2040, mejorando sus perspectivas para este año en una nueva actualización. Otros, como Goldman Sachs, incluso afirman que el primer “multimillonario” (“billonario” en el sentido anglosajón) de la historia no será el propietario de un software o una tienda en línea, sino alguien que invierta en la minería de asteroides.
El primer multimillonario de la historia no será el propietario de un software o una tienda online, sino alguien que invirtió en la minería de asteroides
Eso no es todo. Además de agua y He-3, en la Luna nos esperan grandes depósitos de los llamados “metales del grupo del platino” (platino, paladio, rodio…) y de las famosas “tierras raras” (17 elementos entre los que se encuentran el escandio, el itrio, el cerio o el iterbio), esenciales para la fabricación de todo, desde teléfonos móviles hasta motores de coches eléctricos. En la Tierra, acceder a estos materiales es sucio, difícil y políticamente complejo. Pero en un asteroide metálico de tamaño moderado (o en varios cráteres lunares), puede haber más platino del que se ha extraído en toda la historia de la humanidad.
¿Pero de quién es el espacio?
Todo lo anterior, por supuesto, ha abierto un considerable espacio jurídico y moral. ¿De quién es el asteroide? ¿Qué pasa con la luna? El Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967 establece que ningún país puede reclamar soberanía sobre los cuerpos celestes. ¿Pero qué pasaría si empresas privadas extrajeran el mineral?
Estados Unidos, signatario de los Acuerdos Artemis, y países como Luxemburgo, que se posiciona como un paraíso legal para la minería espacial europea, argumentan que si bien no se puede poseer la luna, sí se pueden poseer los recursos extraídos de la luna. Es el equivalente a pescar en aguas internacionales: nadie es dueño del océano, pero si pescas un atún, es tuyo.
Por otro lado, la administración Obama ya había tomado medidas en 2015 para abrir el desarrollo comercial espacial a empresas privadas a través de la Ley de Competitividad de Lanzamientos Espaciales Comerciales de Estados Unidos (conocida como Ley del Espacio). Por primera vez desde que la restrictiva Ley del Espacio de 1958 prohibió efectivamente la propiedad privada más allá de la Tierra, la nueva ley estipula que cualquier ciudadano o empresa estadounidense con los medios necesarios para llegar a un asteroide y explotarlo tiene derecho a convertirse en propietario de cualquier recurso que logre extraer de un asteroide. En otras palabras, la ley de Obama abrió la puerta a nuevos y lucrativos negocios “extranjeros”.
Por lo tanto, nos enfrentamos al nacimiento de una industria que no sólo aportará riquezas inimaginables sino que también salvará la ecología de nuestro planeta. Porque si logramos trasladar industrias muy contaminantes al espacio, dejando a la Tierra como una mera habitación y santuario, podremos asegurar el futuro de nuestra especie. La tecnología ya existe. También lo hacen la voluntad política y el capital privado. La puerta de salida está abierta y esta vez salimos para no volver con las manos vacías.
