Hace un año, los sureños contaban cientos de metros como si fueran monedas de cambio. Los pantanos marcan niveles inquietantes, los mapas se tiñen de rojo y la palabra “restricciones” se cuela en las discusiones sobre agricultura, turismo o industria. Por ejemplo, hoy, en la provincia de Cádiz, … Los embalses están tres veces más llenos que hace doce meses. Las compuertas se están abriendo en más de la mitad de la región, proporcionando alivio e incluso casi tragedia. En un abrir y cerrar de ojos, el escenario pasó de una grave sequía a la incapacidad de la tierra para absorber agua y al temor de inundaciones y el desalojo de miles de residentes.
Una vez finalizado el trance hay que decidir de una vez por todas que el problema puede no ser la tormenta, ni la fase seca. Quizás sigamos gestionando el agua como si viviéramos en un clima normal que ya no existe. Andalucía no sólo se enfrenta a la escasez de agua. No, sufre fluctuaciones. Años de privaciones estructurales, sumados a semanas repentinas de fuertes lluvias, obligan a las personas a deshidratarse porque la infraestructura no siempre es capaz de almacenar, trasladar o redistribuir con la flexibilidad necesaria. Un pantano diseñado para otro tipo de precipitaciones. Tuberías que no interconectan sistemas. Una obra de eterna proyección. Las capacidades están fragmentadas. En la práctica, la responsabilidad compartida se diluye. Laberinto administrativo. La falta de agua es culpa de Dios. O desde Madrid. O la junta directiva. Por lo demás, el problema parece desaparecer con el primer sol de marzo. Así, a medio camino entre la culpa y el alivio, el debate estratégico vuelve a posponerse, y el momento de reflexión debería ser ahora, cuando el pantano está lleno, y no cuando suena la alarma.
Esta no es una excusa para construir sin medida, ni para convertir cada tormenta en una obra pública indiscriminada, sino para aceptar que los extremos ya no son excepciones y que los ciclos no son lineales. Por lo tanto, la planificación sólo podrá iniciarse cuando el pantano esté por debajo del 30%. Una administración central competente en este contexto debe asumir que los sistemas interconectados no son una obsesión tecnocrática sino una garantía del equilibrio territorial. Y la reutilización, una mejor purificación y la anticipación no son eslóganes ecológicos sino máximas prioridades de política económica para que el agua apoye el empleo en las zonas rurales y urbanas. La repentina alternancia entre escasez e inundaciones no es una anécdota meteorológica. Esta es una advertencia. También es una oportunidad para acordar una política hídrica que no dependa de informes semanales o de un calendario electoral. Comprender el estrés hídrico se mide en metros cúbicos, pero también en la capacidad institucional para predecir que lo que ya sabemos volverá a suceder. Porque habrá escasez y excedente. La pregunta es si seguiremos sorprendiéndonos hasta entonces. O si supiéramos que el verdadero problema no es la falta de lluvia, sino que simplemente supimos reaccionar cuando deja de llover.