Cuando Elia, la madre de la escritora mexicana Socorro Venegas, estaba en la escuela primaria, cuando se le escapaba una palabra en su lengua materna, la maestra la golpeaba en la cabeza o en la espalda con un bastón, o la mandaba a la terraza y la obligaba a permanecer mucho tiempo al sol con una piedra pesada en cada mano. Esa lengua fue el náhuatl, la lengua en la que construyó su mundo y la lengua en la que le enseñaron a avergonzarse. La maestra les dijo que era por su bien para que no fueran discriminados afuera, donde se hablaba español, el idioma de los ex vencedores. Elia parecía estar obedeciendo esta profunda orden de su maestro y no enseñó a sus hijos -Socorro y Gabriel, que murió a la edad de nueve años- a hablar en náhuatl. Entonces, mientras su madre y su abuela mantenían una conversación que ella no entendía, la niña salió a jugar. Hasta que un día reciente, Socorro, ya autora de varios libros, decidió escribir sobre esta carencia. Esto la lleva a iniciar largas conversaciones con su madre, indagando en su vida, de la que sólo conoce fragmentos. Este diálogo, este reconocimiento mutuo, constituye la columna vertebral de su libro Silent Milk, una historia autobiográfica con un toque de prosa que profundiza en sus recuerdos y los de Elia y explora sus orígenes. Lo mismo comparte con millones de mexicanos y aquellos cuya lengua original ha perdurado quinientos años, en un acto invisible de resistencia. En el libro, Socorro conversa brevemente con la lingüista, autora y activista por los derechos lingüísticos Yásnaya Aguilar Gil, quien le dice: “Al inicio de la independencia del país, alrededor del 65 por ciento de la población de México habla una lengua indígena; actualmente solo tenemos el 6.5%. A través de él, también descubrió que en su país todavía se hablan sesenta y ocho lenguas originales, muchas de las cuales han desaparecido. Sin embargo, el tema del náhuatl, del que nunca habló, sólo abre la puerta a muchas otras realidades, todas muy profundas. “Lo que hacía era volver con mi madre”, escribe. Sobre esto vuelve, con honestidad y valentía, recurriendo a una estructura muy flexible y a un lenguaje a veces poético. están las viejas historias: niñas indígenas sirviendo en el hogar. El sentimiento de exilio del colono. Luto: Su hermano Gabriel, también de nueve años, vive solo en el hospital, lejos de casa. Su madre viajó muchas veces para hacerle compañía, dejando a Socorro con su abuela y Sara, su tía sordomuda, pero en el momento de su muerte, Elías Socorro no estaba disponible. más tarde, la madre admitiría algo sobre lo que había guardado silencio: “Guardar silencio es protegerse”. Quizás eso reduciría levemente las infinitas posibilidades de trato desigual, en un país donde las tres peores condiciones para existir son mujer, moreno y origen indígena.
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