Algunas montañas las escalas y otras las terminas escalando. No porque sean más altos o más difíciles, sino porque, en última instancia, se convierten en parte de la forma en que entendemos el mundo. Para Violeta Carrillo, Piedra Lisa pertenece a la segunda categoría. Siempre que puede, regresa a las enormes paredes de piedra caliza de la Sierra de Ricote de Murcia, no sólo para afrontar una nueva ruta sino también para redescubrir un paisaje que siente como propio.
Porque escalar rocas, al menos en su opinión, es algo más que llegar a la cima. Se trata también de detenerse, mirar, interpretar la roca y comprender el territorio al que pertenece. Cada subida es un diálogo silencioso con la montaña; es un ejercicio de paciencia, equilibrio y respeto que comienza antes del primer agarre y continúa cuando se devuelve la cuerda a la mochila.
Piedra Lisa está situada en los espacios protegidos de la Sierra de Ricote y La Navela y está incluida en la red Natura 2000. A lo largo de más de 8.900 hectáreas, pinares mediterráneos, gargantas, acantilados rocosos y biodiversidad conviven en uno de los paisajes más singulares del sureste peninsular. En este campo, uso público y protección no son conceptos opuestos, sino dos realidades coexistentes.
Vistas desde abajo, las paredes parecen casi pulidas. Su nombre resume su apariencia. La enorme superficie caliza que aparece entre los verdes pinares es una de las zonas de escalada deportiva más representativas de la Región de Murcia. “Lo primero que llama la atención es la belleza de la pared, que es tan lisa como su nombre indica”, explica Violetta. Para ella, la conexión con el lugar va más allá del deporte.
El paisaje del Valle de Ricote le resultaba muy familiar. Cerca se encuentra el pequeño pueblo de Ojós, donde su padre pasó parte de su infancia. Cada visita despierta recuerdos familiares y sentido de pertenencia, haciendo de la escalada algo más que una actividad física del día a día. En cierto sentido, también es una forma de volver a casa.
En este rincón sureste de la península, el río Segura rompe la sequía característica del paisaje y labra un corredor verde entre montañas de piedra caliza. Bosques de pinos rodean los acantilados rocosos, mientras el sol del Mediterráneo moldea las rocas a lo largo del día, resaltando cada grieta y relieve. El silencio casi se rompe con el canto de un pájaro o el susurro del viento entre los árboles, creando una escena donde el tiempo parece pasar a un ritmo diferente. Este entorno explica por qué tantos escaladores sienten un profundo respeto por lugares como Piedra Lisa, donde la belleza del paisaje es más que un simple adorno del evento. Esta es una parte importante de la experiencia.
Paisaje, Mejora y Amistad
Para Violeta, sin embargo, la escalada en roca nunca ha sido sólo una cuestión de paisaje. “Me dio fundamentalmente dos cosas”, concluye, “por un lado, el progreso personal física y mentalmente. Es un deporte muy psicológico. Da miedo porque hay un factor de riesgo que te puede paralizar y tienes que aprender a superarlo. Por otro lado, está todo el elemento social que lo rodea”.
La escalada en roca rara vez se practica solo. Requiere confianza mutua, comunicación constante y responsabilidad compartida. Quien pueda obtener seguridad desde el suelo puede verdaderamente apoyar la seguridad de quienes ascienden. Esta dependencia crea conexiones difíciles de encontrar en otros deportes y explica el fuerte sentido de comunidad que tiene el colectivo de escalada.
La conexión con las montañas produjo algo más que amistades. También crea conciencia sobre la necesidad de proteger los lugares donde se practica este deporte. Quienes escalan regularmente un muro conocen sus puntos de entrada, saben cuándo evitar ciertas áreas y aprenden a reconocer el valor natural del territorio alejado de la ruta de escalada.
Nuevos retos para los espacios protegidos
Este no es un problema menor. Desde que la escalada deportiva debutó como deporte olímpico el número de practicantes no ha dejado de crecer. Su presencia en los Juegos Olímpicos ha dado un gran impulso a este deporte, especialmente entre los jóvenes, que cada vez buscan el entorno perfecto para practicarlo en la naturaleza. Este crecimiento es una gran noticia para la escalada, pero también crea nuevos desafíos para los espacios protegidos. Más visitantes significa una mayor presión sobre los senderos, áreas de acceso y estacionamientos, así como una mayor presencia humana en ecosistemas que albergan especies particularmente sensibles. Por ejemplo, los acantilados rocosos son lugares de anidación para muchas aves rapaces. En determinadas épocas del año, una presencia excesiva puede provocar el abandono de nidos o alterar el éxito reproductivo de estas especies. Además, la vegetación rocosa adaptada a sobrevivir entre pequeñas grietas de la roca se verá afectada si no se sigue el itinerario establecido.
Por tanto, la convivencia entre escalada y aseguramiento no surge de forma espontánea. Es necesario construirlo. Y esta es la tarea que ocupa la mayor parte del tiempo de Violetta fuera de los muros. Desde hace muchos años es representante en la región de Murcia de la Asociación para la Escalada Sostenible, que trabaja para alinear la práctica de este deporte con la protección del patrimonio natural.
Su trabajo tiene un doble propósito. Por un lado, sirve de puente entre la comunidad escaladora y las autoridades responsables de la gestión de los espacios protegidos, promoviendo el diálogo y la búsqueda de soluciones conjuntas. Por otro lado, sensibilizar a los propios deportistas les permite entender que su entorno preferido existe porque conserva valores naturales especiales. A lo largo de los años, algunos deportes de naturaleza se han asociado a la idea de conquistar el medio ambiente. Hoy esta visión ha cambiado profundamente. Cada vez más personas comprenden que disfrutar de un espacio protegido también significa asumir la responsabilidad de protegerlo.
La escalada sostenible es un ejemplo de ello. En ocasiones es necesario cerrar temporalmente determinados sectores para proteger la reproducción de determinadas especies, mientras que en otros sectores es necesario modificar el acceso o establecer restricciones de uso. La protección de la escalada pasa, por tanto, por respetar el periodo de nidificación de las aves, no establecer nuevas rutas sin autorización, evitar cambios de vegetación, recoger posibles residuos y conocer de antemano la normativa específica de cada reserva. Pero lejos de interpretar estas medidas como restricciones, muchos escaladores las ven como una garantía de futuro y entienden que estas decisiones se toman para proteger el patrimonio natural del que dependen tanto la biodiversidad como la capacidad de seguir disfrutando de este deporte durante las próximas décadas.
Este es exactamente el concepto de la serie documental “Protect Life”, que muestra que proteger la biodiversidad no significa cerrar la puerta al ser humano, sino encontrar una fórmula para que las actividades humanas y la conservación vayan de la mano. La idea se convirtió en historias concretas protagonizadas por personas que ven la naturaleza como una parte importante de sus vidas.
Cuando hay un diálogo entre gobiernos, científicos y usuarios, el equilibrio deja de ser una aspiración y se convierte en una realidad. Este enclave murciano demuestra que la práctica deportiva puede convivir con la conservación cuando las personas que utilizan el territorio entienden su verdadero valor. No se trata de renunciar a disfrutar de la naturaleza, sino de convencerse de que cada gesto cuenta.
Al final del día, Violetta reunió materiales cuando el sol comenzó a ponerse sobre las Montañas Ricote. Durante siglos, el muro permaneció inmóvil. No hay nuevas marcas en las rocas, ni señales de conquista. Sólo queda el recuerdo de una experiencia compartida con el paisaje. Porque una verdadera cumbre es algo más que alcanzar el punto más alto de la ruta. Implica regresar sabiendo que ese lugar seguirá esperando a los que vendrán después, con la misma belleza y el mismo silencio.
Quizás esta sea la mayor victoria en cualquier espacio protegido: disfrutar de la naturaleza sin dejar ningún rastro excepto el recuerdo de estar allí.
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