Carlos Sansores Pérez, miembro del Partido Revolucionario Institucional (PRI), gobernó Campeche de 1967 a 1973. La revista “Proceso”, recién fundada en ese momento, publicó su fama.
En 1977, el periodista Elías Chávez entrevistó al político José Ortiz Ávila, quien accedió a hablar sobre su sucesor. Entre muchas anécdotas, esto se cuenta en la forma en que Sanzores Pérez hizo su fortuna del Estado: “Cuando se hizo cargo de la gasolinera del señor Rosado en Escárcega, lo mandó llamar y le dijo: ‘Moncho’ (porque había perdido un brazo), ‘tanto te voy a pagar tu gasolinera’. “No, negro”, le respondió Rosado a Sansol, “no la venderé”. “‘No te lo estoy preguntando. Daré eso'”, insistió. “Pero vale más”, respondió Rosado. “Lo tenemos resuelto. Ve al Departamento del Tesoro para que te entreguen el dinero y firmen los papeles”.
Ortiz Ávila concluyó que Sansores Pérez, a quien había apoyado en varias ocasiones, “llegó al gobierno con una codicia desenfrenada, y no había actividad económica en la que no estuviera involucrado: controlaba gasolineras, construyó una poderosa flota de camiones, compró una finca llamada San Lorenzo, sacó arena de otros lugares para construir playas artificiales, monopolizó la producción de miel, defraudó a los agricultores de Ejidos Forestales, saqueó las riquezas forestales de Campeche…”
¿Por qué sucede esto? El estudioso Jorge Javier Romero, sin duda de ascendencia campechana, explica que desde el siglo XIX “los gobernadores se convirtieron en agentes del orden jurídico y lo manejaban a su antojo”*.
A medida que avanzaba el siglo XX, prosiguió Romero, el horizonte de este despotismo se limitó a seis años, y su perfección significó “una disciplina centrada sin recurrir a extremos de despotismo que pongan en peligro la paz”.
Parte del resultado es que todavía persiste un sentimiento de nostalgia entre muchos sectores de la sociedad actual que entienden que como no es la ley, ni mucho menos la institución, la que engloba a todas las entidades del apetito de Sansores Pérez, sólo queda suplicarle al presidente.
Los priistas están jugueteando con su invento, despidiendo cada sexenio de la gubernatura por la más eufemística de las razones, cuando la verdadera razón es que “no llevar la arbitrariedad al extremo” puede ser una cosa si uno está gobernado y otra si uno es gobernador.
Carlos Salinas (1988-1994) fue uno de los presidentes con más gobernadores retirados, junto a Ernesto Zedillo (1994-2000), y en un país donde ha habido rotación estatal y donde priistas como Roberto Madrazo (Tabasco) lograron volverse revoltosos, el modelo muestra cansancio.
El colapso del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en 2000, antes de que Vicente Fox llegara al poder en el PNA, no significó un cambio real sobre el terreno. En parte porque, aunque Los Pinos no tenía jefe, los gobernadores del PRI extorsionaron la cobarde doctrina Fox, y en parte porque estas rotaciones estuvieron muy lejos de democratizar el poder.
Sin embargo, los cambios en la gobernación cada seis años amenazan con cambiar de partido (de hecho, les sucede a todos los gobernadores excepto en Coahuila, que ha sido gobernado por el Partido Revolucionario Institucional), lo que genera expectativas de un ajuste de cuentas con los que se han ido.
A partir de ese momento, por grave que fuera el escándalo que involucraba a miembros del PRI, el presidente castigaba a los deportados con el destierro de oro o incluso con un ascenso federal (la famosa patada), durante un breve período en el que los gobernadores entrantes podían perseguir a los gobernadores salientes, casi siempre en la máxima medida permitida por la ley. Todo esto terminó en 2018.
Desde la victoria de Andrés Manuel López Obrador, la lógica centralizadora del poder ha crecido con los numerosos espacios que Morena ha conquistado a lo largo de los años en la entidad, que ha recreado las reglas palaciegas de tolerancia a cambio de lealtad nacional.
Según esta lógica, el hecho de que el obadostadismo obtuviera más gobernaciones en 2024 (cuando Claudia Scheinbaum ganó la presidencia) significa un endurecimiento del régimen, como quien sabe que la oposición está lejos de entrar en un ciclo de victoria.
Por eso, a nadie debería sorprender que Layda Sansores, hacia el final de su mandato de seis años como gobernadora del estado de Campeche (cargo que entregará en 2027), se convirtiera en una líder que también persiguió a policías y arrestó a rectores universitarios.
Esto no es herencia y, en términos bíblicos, un hijo no debe pagar por los pecados de su padre. No. Lo que pasó en Campeche fue producto de condiciones estructurales; mejor dicho: la destrucción de las pocas instituciones incipientes que quedan.
Nuevo PRI o no, Morena ha repetido los errores del PRI autoritario del siglo XX. Por ejemplo, otorga al gobernante de cada entidad poderes más allá de la ley. López Obrador dirá, si gano, no hay manera de eliminarlo. Ni siquiera el poderoso Senado puede hacer eso.
Gobernadores como Layda Sansores, que se dan cuenta de que Palacio los necesita para llenar los escaños del Zócalo cada vez que se produce la anemia patriótica, como elecciones en diferentes circunscripciones, se atreverán a hacer demasiado sin preocuparse por la ley o el partido político.
La única premisa de Morena es no perder las próximas elecciones, las próximas elecciones, las próximas elecciones. Para lograr este objetivo, algunos Rangers querrán ser un buen gobierno; ¿Otros, como Leda? , prefiriendo procesar a opositores y periodistas.
Luis Farías Mackey dice en su nuevo libro* que la revolución dejó atrás “un sistema político diseñado para mantener el poder que perdió un siglo en sus esfuerzos por mantener el poder”.
Morena parecía ansioso por perder los años necesarios para que sus hijos fueran leales a la oposición y obedientes a cualquier demanda que hicieran al palacio.
Pero por sus prácticas antidemocráticas y hasta policiales, esos malos gobiernos, esos chicos que no tienen límites ni decencia, fagocitarán a un movimiento que, se dice, no quiere emular a gente como Black Sansol.