En 1994, mientras los bañistas llenaban la playa del Mar del Norte, se hablaba de que se acercaba el Gran Petermännchen. Un pez feroz y picante de hasta un pie de tamaño que se entierra de manera casi invisible en las olas. Con espinas en la aleta dorsal como dagas y un veneno tan poderoso que puede paralizar a hombres adultos. Se desata el pánico: los bañistas peinan la arena, los padres preocupados prohíben a los niños el acceso al agua y en toda la región costera ya no hay sandalias ni zapatillas de plástico.
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