En los parques naturales de Urbasa y Andía de Navarra, donde el viento peina la hierba con paciencia ancestral, todavía hay vida medida por estaciones más que por relojes. Allí, entre ovejas, perros y caminos que no aparecían en el mapa digital, Mónica y Patsy … Ruiz de Larramendi sigue contando una historia que comenzó mucho antes de que se hablara de sostenibilidad. Son la cuarta generación de pastores de Eilat. Aunque el mundo se mueve a la velocidad de la fibra óptica, ellos todavía se mueven a la velocidad de un buey.
Su artesanía es más que un simple oficio heredado. Es una forma de entender el mundo. Desde pequeños aprenden a leer la montaña como un libro abierto, descifrando sus cambios, sus silencios, sus signos. “Hemos vivido así desde que nuestros padres eran muy pequeños, y lo que más valoramos es la libertad de esta forma de vida, y tengo un hijo y estaría orgullosa si esta forma de vida continuara, pero en mejores condiciones”, explica Patsy. El futuro de la ganadería, afirma, depende no sólo de la tradición, sino también de la existencia de las condiciones que la hagan viable.
Porque ser pastor hoy implica más que cuidar de las ovejas. Esto significa no asumir ningún horario, tener ingresos inciertos y una dependencia total de la naturaleza. Incluso si el paisaje parece el mismo, cada día será diferente, y eso es aceptación. Lo más importante es que cuando muchos se fueron, ella decidió quedarse.
No es casualidad que el año 2026 haya sido declarado Año Internacional de los Pastizales y los Pastores. En un contexto global marcado por el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, el mundo comienza a reconocer algo que ha sido ignorado durante décadas: sin pastores, los pastos desaparecen; sin césped, los paisajes cambian. Con eso, sigue todo lo demás.
El pastoreo extensivo mantiene un equilibrio de la diversidad ambiental. Previene el cierre de bosques, reduce el riesgo de incendios y promueve la biodiversidad. Se trata de una gestión silenciosa, casi invisible pero absolutamente necesaria.
siglos de interacción
Los vastos y aparentemente desolados paisajes de Urbasa y Andía son en realidad el resultado de siglos de interacción entre el hombre y la naturaleza. Su terreno kárstico se formó por la disolución de la piedra caliza a lo largo de miles de años, creando grietas, cuevas y dolinas que crean un subsuelo complejo y repleto de vida. En la superficie, enclaves como la cabecera del río Ouredela y sus aguas turquesas nos recuerdan que la belleza de este territorio es también fruto de este equilibrio.
Se trata de un ecosistema de transición entre los climas atlántico y mediterráneo, lo que favorece una biodiversidad especialmente rica. El hayedo de este lugar es el hayedo mejor conservado de la zona norte de la península, conviviendo con la pradera de montaña formada por generaciones de pastoreo.
La serie documental Vida Protegida se centra en cómo la intervención humana puede sostener y mejorar un territorio basándose en el conocimiento y el respeto, en lugar de destruirlo. Urbassa es un claro ejemplo.
En este entorno, el calendario no lo marca el reloj sino el ciclo de pastoreo. En noviembre, cuando el frío empezaba a endurecer las montañas, Mónica y Patsy descendieron al valle. “Fuimos a Eilat y era época de ordeño y temporada de partos y llevábamos cuatro meses así”, explicaron. Pero la primavera es el verdadero comienzo. Regresar a las montañas y a los bosques no es sólo una especie de desplazamiento, sino también la restauración de una forma de vida. “Es la época más feliz del año, de ser libres, de estar en la naturaleza, de ganarnos la vida con los animales que cuidamos como si fueran nuestra familia”. Luego ponen los cencerros a las ovejas guías, las que marcan el camino, y el rebaño comienza a avanzar. A partir de ese momento, cada día requirió atención sostenida, toma rápida de decisiones y adaptación constante. Porque lo que llaman libertad no es un ideal; está estrechamente ligado al esfuerzo, la responsabilidad y la incertidumbre natural. No hay lugar para la improvisación ni para el descuido.
Queso del paisaje
En primavera, la oveja Latsa, una raza autóctona perfectamente adaptada al medio, se alimenta de hierba, pequeña pero rica en nutrientes. Este detalle es casi invisible para los visitantes, pero es clave para entender la calidad del producto final. “No es la variedad más productiva en cantidad, pero sí en calidad”, explican. Esta elección no fue accidental sino el resultado de generaciones de priorizar la adaptación al medio ambiente sobre la producción intensiva.
De este equilibrio nacen quesos únicos, valorados no sólo por su sabor, sino por todo lo que representan: territorio, tradición y conocimiento.
En los últimos años, la industria turística ha abierto una nueva forma de mostrar su trabajo. “Tenemos una casa rural, que es una construcción tradicional, y el parque natural es un escaparate de nuestro queso, un producto único que podemos vender a quienes visitan este entorno”, afirman. Los visitantes no sólo compran productos. Compra una historia.
Al anochecer, el viento amainó, las ovejas se reunieron y el paisaje volvió a su silencio habitual. Sin titulares, sin focos, sin ruido. Simplemente se siente como si todo estuviera donde está. Pero este silencio no está vacío. Está lleno de empleos, conocimientos y estilos de vida, y ofrece mucho más apoyo de lo que parece. En 2026, el mundo empieza a prestar atención a los pastores. Reconocer su papel, valor y vulnerabilidad. Pero mientras tanto, en Urbasa la vida continúa. relajado. No hay pausa. Sigue el ritmo de la tierra.
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