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El descarrilamiento de un tren transoceánico del domingo mató a 14 personas, lo que generó controversia sobre las víctimas. El gobierno y sus agencias de propaganda atacaron vigorosamente los esfuerzos periodísticos para cubrir los accidentes de tráfico de la Marina. El régimen busca controlar la información que es incompatible con la democracia.

En la mañana del 28 de diciembre, el ferrocarril de Salina Cruz, Oaxaca, a Coatzacoalcos, Veracruz, terminó casi en su totalidad en un cañón. Las primeras noticias, incluidos los informes oficiales preliminares, no anticipaban la gravedad del incidente. Horas más tarde, el desastre se agravó, dejando trece personas muertas y decenas de heridos. El número de muertos aumentó a 14 el jueves.

La reacción inicial de Claudia Scheinbaum estuvo acorde con su sello gubernamental. El titular del Instituto Mexicano del Seguro Social aparece periódicamente en el sitio. Otro caso fue el del gobierno estatal, cuyo jefe, Salomón Jara, fue decapitado en ausencia. El gobernador tardó más de 24 horas en aparecer: el lunes llegará a la región incluso después que el presidente.

Como era de esperar, la tragedia ocupó el centro de la atención de los medios a principios de semana. El accidente de tren ocurrió a finales de año, cuando casi toda la actividad fuera de las vacaciones fue restringida, por lo que la cobertura noticiosa fue escasa, y el número de muertos y la controversia que se produjo en una de las obras icónicas del obrerismo solo hicieron más visible el horrible mensaje.

Ya sea la guardería gestante del IMSS, trágico suceso en ABC, Hermosillo, Sonora, en junio de 2009, en el que murieron un total de 49 infantes y niños; o la explosión de una alcantarilla que mató a 200 personas en Guadalajara el 22 de abril de 1992, en cualquier tragedia los medios se centran en transmitir los problemas de las víctimas y exigirles explicaciones. Las familias inmediatas, los residentes locales y, en muchos casos, países enteros lo entienden porque el fracaso, la corrupción y/o la negligencia de las instituciones públicas y privadas han provocado pérdidas de vidas.

Esta búsqueda de información se realiza esencialmente mediante dos hilos. Qué sucedió exactamente para causar la desgracia y quiénes la sufrieron. La segunda es la obligación de humanidad: los periodistas no pueden reducir las víctimas a un número, a un expediente, a un caso, a un escándalo. Es una ética básica garantizar que las historias de las personas más indefensas puedan resistir los enredos burocráticos que todo gobierno pone en marcha inmediatamente, para minimizar el daño político que podría convertirse en una crisis mayor.

Cualquier gobernante presionaría para que se comprometa a realizar una investigación exhaustiva, una declaración de que “se hará justicia a quien caiga” -incluido el suministro de expertos independientes y una variedad de apoyo a las víctimas- y una promesa de reparación para que nada parecido vuelva a suceder. Este enfoque es un libro de texto, pero no todos los gobernantes siguen este enfoque clásico.

Lo anterior es una lección dolorosa para los mexicanos y un principio periodístico básico: los comentarios de los políticos sobre cómo “ahogarán a los niños” serán grabados sin interrumpir su propia búsqueda de información. Los medios de comunicación que no llevan a cabo este tipo de investigaciones abandonan a sus víctimas y, por extensión, a sus audiencias.

El periódico está en este camino. global El martes, el periódico publicó en primera plana una fotografía de las trece personas que murieron. Este no es el único medio que proporciona información sobre el fallecido. Sí, este es el primer medio impreso con temática fotográfica en la capital.

La decisión del editorial está justificada en todos los aspectos, ya que recuerda al público que la justicia para los fallecidos es una prioridad; ellos, incluidos los menores fallecidos, deben impulsar una investigación sobre las causas de lo sucedido, y no deben verse desplazados a una situación polarizadora en la que unos atacan a Andrés Manuel López Obrador y otros lo defienden.

La prensa presta atención a si los heridos recibieron la atención adecuada; Si las autoridades fueran discretas y adecuadas al buscar a sus familiares, así como a los de las víctimas muertas, sería posible demostrar si, en los momentos más difíciles de estas familias, el Estado al menos hizo todo lo posible para aliviar el sufrimiento de aquellos que planeaban mantenerse alejados de los funerales o de las dificultades médicas a finales de año.

En definitiva, la prensa habla con gente que conoce a gente que ha tenido la mala suerte de subirse a un tren supuestamente primermundista que tiene sólo unos años y que ya ha visto muertos entre sus pasajeros.

Entonces, al publicar las historias de aquellos cuyos recuerdos se recuerdan, el gobierno tendrá que dar una explicación -y no sólo pagar un funeral o el tratamiento de los heridos (según sea el caso)- y esas vidas que terminaron abruptamente ya no serán dos palabras garabateadas en un archivo o un comunicado oficial de rutina. Ya no son dos números arábigos que suman poco más de una docena. Son el rostro de una niña de ojos pequeños, el pelo gris de una mujer mayor con gafas, y en otras biografías son la sonrisa en el rostro regordete de un hombre moreno y macizo.

Las personas desafortunadas empiezan a tener sentido, para quienes no las conocemos en la vida.

Este significado incomoda a la gente. No sólo por el poder. Para todos. La diferencia es que para algunos crea un intento de control, un deseo de que la sociedad deje de pensar en las vidas truncadas en el hierro retorcido; mientras que en otros inspira indignación y alimenta demandas de una acción gubernamental rápida, efectiva y justa. Ambas molestias son normales. El segundo es la salud de la democracia.

Porque las víctimas son de la sociedad. No del gobierno; no de los medios. Quienes se oponen a ellos lo hacen porque, cuando cumplen con sus deberes, son conductos para exponer los males que afectan al pueblo. Este trabajo inconveniente se hace mejor cuando las portadas y los espacios de máxima audiencia se dedican a aquellos menos preparados para gestionar la atención institucional.

Morena lleva siete años intentando descalificar a los medios de comunicación, señalando a personas que desde 2018 han perdido el privilegio de expresarse a través de los medios. Ahora no es el momento de recordar que muchos privilegiados estaban satisfechos con los gobiernos morenistas, que, como administraciones anteriores, perseguían el poder económico.

Dicho esto, centrémonos en lo importante: la tendencia del régimen a atacar aún más a los medios de comunicación cuando se revela que están ocurriendo tragedias que acaban con la vida de gente pobre. Como este incidente en el Istmo de Tehuantepec, o como lo ocurrido hace unos meses en La Concordia, Iztapalapa, cuando la explosión de un gasoducto mató a 32 habitantes de la capital.

Aquí surge una gran tentación. El control total significa en última instancia el silencio de la víctima. Si no pueden silenciar a los medios, ¿intentarán silenciar a las familias de los fallecidos? En medio de este acontecimiento trágico e imprevisto, ¿necesitan todo tipo de apoyo y en muchos casos no pueden conseguirlo por sí solos?

Las duras palabras del presidente Sheinbaum el martes sobre la difusión de imágenes de la vida de las víctimas deben considerarse como lo que son: un uso del poder para tratar de que sólo el gobierno tenga el poder de nombrar a la sociedad y dar la voz de las víctimas, en todo momento y de cualquier forma. Si Morena usa adjetivos y presiona a reporteros y editores para que cancelen los registros de las víctimas, no son los medios los que tienen más que perder. Estas personas volverán a ser víctimas porque se les priva del derecho a escuchar sus historias, a conocer sus rostros y a sentir lástima por ellos. Incluso en un momento tan catastrófico, sería preocupante que el régimen quisiera reclamar el derecho de conceder inmunidad sobre lo que se debe y no se debe decir sobre acontecimientos desafortunados.

La historia política de México se mide en tragedia. O mejor dicho, en los reclamos de las víctimas de situaciones dramáticas, el Estado es responsable (y no responsable) de acciones u omisiones. Además, desde 1968 y 1971, ha habido una dinámica en la que el gobierno no sólo evita mencionar los nombres de las víctimas de la represión, sino que incluso evita contarlas, ciertamente negando los hechos mismos, mientras algunos medios y otros actores promueven lo contrario.

Históricamente, y lo más importante, la izquierda ha mantenido la dignidad y, no sin represalias, defendió a los muertos. Los medios de comunicación que insisten en plantear cuestiones sobre estas medidas represivas también han sido acosados.

Se pensaba que, a partir de 2018, con la llegada al poder de los muchos herederos de la izquierda, finalmente viviríamos que la justicia nombrara y reconociera como víctimas del Estado a aquellas personas que fueron vulneradas durante las persecuciones de pasados ​​movimientos sociales fuera de Tlatelolco y Jueves del Copus, las mencionadas masacres paramilitares de 68 y 71 personas respectivamente.

Hemos visto que este esfuerzo fue, en el mejor de los casos, parcial (que terminó con la imposibilidad de la comisión de la verdad de acceder plenamente a los archivos de las milicias), y ahora incluso gobiernos morenistas como el de Guerrero rinden homenaje a la represión del PRI contra campesinos y luchadores sociales. Aunque una de las primeras acciones de la administración Sheinbaum en octubre de 2024 será conmemorar a las víctimas del 2 de octubre de 1968.

Pero volver con las víctimas fue un shock social. La ignorancia de las víctimas del terremoto de 1985 fue precisamente lo que dio energía a la izquierda, y la izquierda en el poder hoy busca silenciar a unos medios de comunicación que alimentan su desayuno con caras con muecas. El nacimiento de movimientos civiles y políticos tras el terremoto del 19 de septiembre de hace cuatro años explica en gran medida la transición democrática y el ascenso del movimiento de Obrador a la presidencia.

Así como ayer la sociedad exigió que los hijos acribillados de la familia Almanza no fueran llamados daños colaterales en la era calderonista, y así como los nombres de cada joven de Ayotzinapa desaparecidos la noche del 26 de septiembre de 2014 se hicieron omnipresentes por la presión social, ahora, cuando Morena asume la responsabilidad del gobierno, se deben informar las identidades y generales de esos catorce cadáveres con los sueños destrozados.

Es perjudicial el intento del presidente Sheinbaum de controlar la narrativa de un accidente fatal que empaña la imagen del expresidente como creador de su obra y de la Marina como operadora de trenes. Durante más de medio siglo, como hija de un participante de 1968 y como activista en múltiples movimientos sociales, sabe mejor que nadie que los medios de comunicación han luchado contra diversos intentos de censura y acoso gubernamental para que aquellos cuyas vidas se pierden debido a la represión o la negligencia del gobierno no aparezcan en las portadas.

De hecho, Claudia se enfrenta a una nueva situación. A diferencia de los últimos seis años, en los que el presidente podía separarse más o menos fácilmente de su antecesor, incluido su legado, en esta administración ha habido una resistencia abierta a separarse de las acciones o políticas del expresidente López Obrador. El hecho de que las catorce personas murieran en el tren donde resucitó el expresidente aumentó el nerviosismo del presidente mientras intentaba contener la crisis. Si la presidenta insiste en no revelar qué hizo mal entre 2018 y 2024, es imposible predecir cuánto de su poder e imagen actuales quedarán hipotecados por escándalos como el de Transoceanic.

Por ahora, el presidente ha decidido hacer uso de todos sus poderes y descalificar noticias que, como tantas otras ocasiones en las últimas décadas, han mostrado sólo las desgracias de personas cuyo país ha fracasado.

Con este intento de censura, porque Scheinbaum, al lanzarse a desprestigiar el púlpito presidencial, no sólo buscaba impedir que otros medios hicieran lo mismo, sino también impedir que las víctimas encontraran espacio en los medios, la izquierda dio un giro de 180 grados y adoptó el silencio propio de la época de expresidentes autoritarios como Díaz Ordaz o Echeverría. Si Morena tiene éxito en esta estrategia, enfrentaremos un enorme revés. Todos, no sólo los periodistas, tenemos la responsabilidad de garantizar que esto no suceda.

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