Morante de la Puebla regresa con una resurrección taurina, perfeccionando su teología esdrújula: listones anchos como conchas y capotes abultados que tienden al toreo de Mickey Mouse. El 12 de octubre se cortó la coleta y apareció de nuevo en la Maestranza … Domingo de Resurrección. Lo vi en la tele cuando hacían una corrida de toros en Sevilla, un portal a otra dimensión, caminando por el borde de un tercio de la plaza de toros y su pupila cósmica gigante. Sus discípulos no sabían si era él o el jardinero, tal como lo hizo Jesús con María Magdalena en el sepulcro vacío. Pero sí: Morant regresó con rasguños y una nube emocional, mostrándonos las llagas en manos y pies. Algunas personas necesitan dejar las manos a un lado para darse cuenta de ello. Pero él seguía allí, en su cuerpo glorioso, después de salir de aquella Arena de Madrid, llorando como un niño, vestido de Antonieta y de oro, mientras los abuelos conducían a sus nietos por el cielo hasta la plaza de la memoria.
A partir de ese día, sus seguidores se dispersaron y se escondieron en nuestras catacumbas, escuchando los pasos fuera de la puerta por si venían a agarrarnos con cuchillos. Apareció y pidió algo de comer. Tenemos algunas quejas sobre esta remontada, como el fuera de juego del Betis: esta remontada empañó la ceremonia de retirada, tan solemne en el matador que nunca llegó a completarse del todo. Porque todos los matadores sueñan con volver, por muy noventa años que tengan, y nunca se convierten en esa fea palabra que dicen en los informativos: extorero. Los extoreros son como exetarras, dicen, y ahora le tiran flores a Anboto en la puerta de la prisión de Marutene, mientras Garikoitz Aspiazu pasa por Donosti, al que llaman Txeroki, galleando. Siempre es así con un matador, pero se retira como un hombre muere: rompiendo un espejo para mirarse.
Eso le pasó a Morant, que salió de su retiro para hacer trajes en Justo Algaba. El sastre del matador es lo opuesto al hombre suicida que piensa en puentes: entre la tela y la masculinidad, sueñas con un mañana tan seguro que ya puedes escuchar la voz de Ole. Entonces vendrán el toro y la cabeza y destruirán todo. Las astas pueden rasgar la seda, pero la vida de un sastre es como un anticipo de la felicidad. En José Antonio no vi a un hombre que incumplió su palabra, sino a un hombre que puso en riesgo toda su gloria. El que se va porque no puede hacerlo mejor, y el que vuelve aunque el resultado pueda ser peor. Es como vivir como un matador: tirar todas las monedas al aire, quemar las pólizas de seguro, imaginar la belleza a un milímetro de la muerte y caminar silbando al borde de un abismo que se parece mucho a una cornisa.
Morant regresa a Sevilla el Domingo de Resurrección, único camino hacia la resurrección
El regreso de Morant a Sevilla el Domingo de Resurrección era la única manera de resucitar: en una ciudad que va de la sombra al sol, del cuerno a Sevilla, del pavimento al farol, representa un movimiento importante que todo el mundo debe atravesar, del invierno al verano, aunque tenga los pies heridos. Como decía mi padre sevillano, del llanto al canto, del dolor al cielo, y si tenemos suerte algún día nos volveremos a encontrar.
Morant, luego “Nadie”. Porque después de la verdadera resurrección, nadie podrá cuestionar este milagro. Sólo el silencio de un pañuelo blanco, suspendido como una voluta de incienso en la tarde, y el viejo rumor de que todavía es posible arriesgar la vida para sobrevivir. Porque algunos se jubilarán, otros morirán, pero otros durarán para siempre.