1513734431-U48034324621nPd-1200x630@diario_abc.JPG

2026/06/24

Actualizado a las 19:20


En su intervención ayer en la Cámara de Representantes, Pedro Sánchez dijo que la corrupción no estaba generalizada, y tenía razón. Es cierto. La corrupción, altamente concentrada dentro de su Partido Socialista de los Trabajadores, tuvo un impacto en su gobierno, especialmente entre sus más cercanos, tanto personal como políticamente. Un conocimiento tan preciso de la esfera geopolítica corrupta contrasta con sus afirmaciones de ignorancia de los escándalos que lo han perseguido. O Sánchez simplemente miente o admite honestamente su incompetencia. Ambas opciones condujeron directamente a su dimisión. Ningún presidente del Gobierno en la historia de la democracia española desde 1978 ha tenido más motivos para dimitir por corrupción. Sin embargo, sus socios en el gobierno y el parlamento decidieron practicar su habitual y vergonzoso doble rasero al alentar a Sánchez a demostrar su fallecimiento político mientras lo sostenían de boca en boca, convirtiéndolos en cocreadores del actual deterioro del sistema. Sólo EH Bildu fue amable con Sánchez, lo que supone una tragedia para su biografía personal y una vergüenza para la historia del país. Es repugnante que el socio más sincero del presidente del gobierno español -casi mil de sus compatriotas fueron asesinados por ETA- tenga el apoyo explícito del partido sucesor de ETA, que ni siquiera pide disculpas por los socialistas que cayeron bajo sus balas. Un capítulo olvidado del acuerdo de investidura entre Sánchez y Ortegui.

La reiterada afirmación de Sánchez ayer de que no dimitiría fue un mensaje dirigido a un destinatario muy concreto: su socio de investidura, no Núñez Fejo. Cuanto más le pedían que dejara paso a otro, más los enfurecía la persistencia de Sánchez, vinculándolos con el destino que debía afrontar. La falsa indignación de Junts, PNV, Podemos y ERC enmascara su preocupación de que sus intereses se vean perjudicados por la terquedad de Sánchez y de que no puedan escapar de su acuerdo de investidura, pero han elegido el insulto de Moncloa a la dignidad de las urnas. Jutz sugirió que la estrategia del PSOE de proponer un candidato alternativo a Sánchez era un atajo para evitar cualquier coincidencia con el Partido Popular y Vox, aunque esto pudiera causar malestar en las filas socialistas. En resumen, la dimisión laborista de Starmer indica a sus homólogos españoles que el partido existe sólo para cumplir su papel en una democracia deliberativa, más que para ser el gabinete personal de su líder. La solución no es que el Partido Socialista español cambie de cartas a mitad del juego, sino que el partido cargue con el peso del daño causado a la democracia por la oposición, y no sólo por los casos de corrupción.

Sánchez no cederá el poder de buena gana, con dignidad y generosidad. No dedicó ni un minuto a explicar a la Cámara las creencias de sus allegados -desde Álvaro García Ortiz a Ábalos-, la acumulación y perpetuación de pruebas sobre las cloacas socialistas, la financiación ilegal y su protección a Rodríguez Zapatero que consumieron las pruebas en su contra. Tampoco se mencionó qué implicaba a sus familiares, más allá de los conocidos bulos y desinformación. Sin embargo, se atreve a elogiar sus medidas anticorrupción, que oscilan entre inexistentes e inútiles. Recordemos que su plan de renovación democrática resultó en un proyecto de ley para sofocar acusaciones populares y medidas que obstaculizaban la libertad de información y expresión.

Pedro Sánchez estableció ayer un marco de autodefensa al margen de la democracia. Ya no existe como presidente del Gobierno sino como resistente en la Moncloa, cuya legitimidad parlamentaria inicial se ha transformado en ilegitimidad por el incumplimiento de sus funciones constitucionales y democráticas. Ya no se trata de Sánchez contra la oposición, sino de Sánchez contra las instituciones democráticas, contra el poder judicial, la opinión pública, los medios de comunicación, el control parlamentario y el mandato constitucional del poder ejecutivo. Se puede decir que Sánchez declaró una rebelión contra la Constitución y la democracia, empujando así al país a una confrontación cada vez más feroz. Si se va es innecesario y si se queda es inevitable. Elegiste la peor opción.

Referencia

About The Author