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La Galería Elvira González vuelve a ser refugio y alojamiento de la gran fotografía. En el marco del Festival de Arte PHotoESPAÑA 2026, se presentará aquí una nueva serie de obras instantáneas de Chema Madoz (Madrid, 1958), asiduo visitante del recinto, que reúne creaciones de los últimos años. En una treintena de fotografías reconocemos inmediatamente la pureza del concepto y el estilo del artista, una visión alternativa de la realidad, cuando no de su envés, que nos permite despertar conexiones ocultas y destellos de humor exquisito. “Son imágenes relacionadas con paradojas, metáforas y contradicciones. Esta conexión entre elementos actúa como un detonante hacia el otro lado de la realidad”, explica Mados.

Según el artista, sus imágenes tienen un poder que se basa en el concepto detrás de ellas, que “busca darle a la imagen un cierto atractivo en la forma que le permita sostenerse”. Mados siempre ha utilizado el blanco y el negro como campo de juego, y esto es lo que representa su decisión radical: “El blanco y negro me permite llevar las imágenes al reino de la imaginación, de los sueños, de la distancia de la realidad. El espectador y yo nos damos cuenta de que estamos ante una representación, una reelaboración de algo que tenemos en la cabeza”.

20 minutos Visitó la galería con Chema Madoz y comprobó que la atmósfera del blanco perfecto parece dar continuidad a sus obras. “Es un espacio muy neutro, diseñado para resaltar la obra en lugar de centrar la atención en el edificio en sí”, admite el fotógrafo. Entramos en un universo formado por objetos que aparecen aislados de su entorno habitual, flotando y relacionándose entre sí hasta ofrecer una nueva perspectiva; una serie de significados que apuntan a las contradicciones más apasionantes.

Mados usa los objetos como los poetas usan las palabras. “Esa es una buena definición. Entiendo las palabras y los objetos como dos elementos que están muy cerca. Cada uno de ellos lleva ideas, conceptos, interpretaciones y ecos relacionados con sí mismo. Al tocar estos objetos, puedes resonar, trayendo ecos o imágenes latentes detrás de ellos.” Esta exploración permite el surgimiento de notas casi surrealistas y de alguna manera representa un ejercicio de transparencia por parte del artista; quitando todos los velos al público para revelar partes de sus obsesiones y conexiones neuronales.

Los objetos parecen cesar la función para la que fueron diseñados y de pronto adquieren una nueva entidad. “Descontextualizar los objetos, aislarlos, llevarlos a un lugar donde no estén esclavizados a sus propias funciones nos permite verlos de otra manera, como en libertad”, nos explicó Mados. “Enriquece la mirada del espectador y mi mirada”.

Su exploración de los mercados callejeros le proporcionó elementos de ese particular mundo fotográfico que más tarde intentó utilizar. Entonces se dio cuenta de que le llamaban la atención aquellas astas que aparecían en una de sus fotografías de gran formato. No pudo resistirse y lo compró para luego imaginar aquellas ondas que convertían cada bocina en una antena transmisora; Lo mismo ocurrió con aquel mapa de Países Bajos de los años cincuenta, que luego descubrió que estaba conectado a una jaula que parecía estar impresa en él. “Da la sensación de que los pájaros han escapado de la jaula o están destinados a estar en la jaula. Estas son posibilidades para diferentes interpretaciones”.

Hay un elemento interesante en la obra del madrileño. Recuerdos de juegos, como esos jarrones dispuestos en forma de bolera; en esa carta, unas cuantas cometas crearon el As de Diamantes; o en la imposible mesa de ping-pong contra cuatro oponentes.

Al asociarse a este personaje lúdico se despierta la percepción de la infancia, la nostalgia del mundo escolar y de todo lo que yace sobre nuestros pupitres. Las virutas de un sacapuntas forman claveles cuyo color nunca sabremos. “Esta es la llamada a través del juego, que es la primera actividad para aprender a navegar en el mundo. Luego, en la escuela, mencionábamos elementos relacionados con este proceso: figuras geométricas, papel cuadriculado…”.

Entre los materiales de referencia utilizados para esta exposición sorprende encontrar varias fotografías de mariposas e insectos que pueden trasladarse fácilmente al espacio bidimensional. “A veces trabajas intuitivamente sin saber exactamente hacia dónde vas, y cuando miras hacia atrás te das cuenta de lo persistente que fuiste en ciertos temas”. La sorpresa se manifiesta en la cáscara de huevo de la que parece surgir mágicamente una mariposa, o en esas cáscaras de huevo que sostienen pañuelos alargados.

El minucioso trabajo en el estudio se ha convertido en un apacible refugio para su investigación fotográfica. “Siempre me ha encantado el estudio, y trabajar con objetos me permite trabajar en la privacidad de un escritor que entra a su oficina. Me permite marcar el ritmo y trabajar a un ritmo más cercano a mi forma de entender la fotografía”.

La exposición finaliza en la sala más pequeña de la galería, donde Mados observa el paso del tiempo y finalmente la muerte, aunque siempre desde su característica distancia. Algunas calaveras sonreían de manera menos siniestra. “Uno de ellos es más humorístico y evoca el comienzo de la vida con un cráneo volcado que parece un huevo. Es el origen y el final”. Respecto al uso del humor, admitió que no es lo que buscaba: “No intentaría hacer imágenes que fomenten la sonrisa, mucho menos la risa, sino que provoquen cierta complicidad”.

En la misma habitación, una araña parecía enredada en su propia red. “Esta foto capta el caos en el que a veces se puede meter una persona. Es una especie de autorretrato, porque me meto en problemas muy fácilmente”, admite con humor. Este es el final del viaje de uno de nuestros fotógrafos más atrevidos, un artista que es capaz de sorprendernos en cada uno de sus poemas visuales, mostrándonos siempre el otro lado de lo visible con sutileza e inteligencia, sustentado en un magnífico trabajo artesanal.

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