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Llámame cínico si quieres, no me importa, pero llevo meses viendo las noticias en las comidas y cenas para reírme. Que me llamen cínico, frívolo o idiota: no me importa; No me importaba porque no importaba lo que yo pensara, así que supongo que no importaba lo que pensaran los demás, pero me había estado riendo de la noticia durante el almuerzo y la cena durante meses. Si los escuchaba atentamente, incluso me sorprendía y decía: ¡Dios mío! Cuando hay una noticia verdaderamente trágica, como un asesinato machista o una historia triste que surge de vez en cuando, pero el locutor de un canal de 24 horas pronuncia las palabras “Donald Trump”, la expresión de mi cara empieza a cambiar.

No es que no me tome en serio la amenaza que representa, al contrario: en realidad estoy horrorizado por cómo abandona la Ventana Overton –y en esta columna sentimos una verdadera devoción por Overton y su ventana– cuando se trata de política internacional, porque a Trump solo le quedan cuatro días, ya sea por su avanzada edad o porque se está ganando enemigos, pero el movimiento MAGA a su paso está lleno de gente sana y joven loca que está dispuesta a seguirlo después de que se haya ido. El punto es que, desde hace un tiempo, he descubierto que la geopolítica está casi al nivel de un desastre natural, casi al nivel de un supervolcán o un tsunami, casi al nivel de algo que, si dice que va a suceder, entonces: va a suceder, quiera que suceda o no. La democratización geopolítica es un profundo oxímoron y tiene el mismo significado que los referendos que deciden hacia dónde sopla el viento.

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