El único retiro que se toma en serio en Sevilla es el Retiro de Nuestra Señora al amanecer bajo el dosel de los árboles. Mientras Esperanza cruza la Cuesta del Bacalao en la madrugada del Viernes Santo, hay un pueblo entero … Callándose, sollozando, sintiendo las lágrimas de la verdadera despedida. De hecho, esto dura unos minutos, ya que inmediatamente todos desayunan churros y chocolate y planifican su ruta para ver partir a los cachorros esa tarde. El problema es que, en una ciudad que lleva siglos ensayando finales para evitar representaciones, la retirada es sólo una pausa comercial.
El 12 de octubre (Día de la Hispanidad), José Antonio Morante Camacho, vecino de La Puébra del Río, se cortó la coleta en Las Ventas tras cortarse ambas orejas porque era muy productivo. Seis meses. Fue el retiro más breve desde que Antoinete convirtió su breve despedida en un subgénero del toreo. Son matadores de ida y vuelta, como esos cantos que cruzan el Atlántico y vuelven. En enero se confirmó su regreso, y el día 5 reapareció en la Maestranza con dos orejas (¡resucitado!), con una nota de reventa que habría quedado inscrita en el dintel de cualquier oficina sevillana: “Me hace feo decir esto, pero volveré porque me necesitan”. Berlanga mataría por esta conversación. Es el verdugo, y de camino a la guillotina está convencido de que el prisionero y la cuerda le deben una gratitud eterna. Más de sesenta mil euros por tarde (el caché, no la entrada, no exageremos) demuestran que, efectivamente, alguien se está perdiendo algo. Como mínimo, su asesor fiscal.
Pero hemos visto el mismo drama representado en otros escenarios. El comerciante justo, por orden de Dios, realiza sus “retiros” especiales cada mes de abril: “Este año ya pasó y ya soy viejo”, “Me operaron de las rodillas”, “Ya no tengo puesto”, “No es lo mismo sin fulano de tal”, “La manzanilla es para mí como un tiro en el brazo”. La feria se inauguró anoche. Estaba lleno de mil doscientos cincuenta y tres puestos, como mil doscientas cincuenta y tres latas de sardinas. También había una nota con la convincente excusa de la semana pasada en su chaqueta, zapatos y esa cara de siempre lunes -la misma cara que juró que no tomaría su último trago- que desapareció tan pronto como agarró a Cartavino. El camino terrenal (o divino) no es el que yo tomo. Sería como pedirle al Guadalquivir que pase por Triana durante un año.
Lo que ha ocurrido es que los sevillanos han perfeccionado la amenaza de abandono hasta convertirla en una forma sutil de cortejo. “Me voy” significa “ámame más”. El torero se retira, aficionados o empresarios le ruegan, amigos responsables anuncian que este año no vendrá a la feria, así insistimos, y este columnista -sin más- jura cada domingo durante los fuegos artificiales que no volverá a la plaza de toros, aunque esté atado. Es todo una sucia mentira. Fue una coreografía efectiva porque todos conocíamos nuestros roles y nadie se lo tomó en serio. En esta ciudad las metáforas no se consumen: se renuevan. Morant se retirará nuevamente, tal vez en otoño, tal vez cuando el calendario requiera otra gran actuación. Los amantes del mercado lo volverán a jurar, esta vez por última vez. Cortarte la coleta en Sevilla es sólo el primer paso para conseguir que tu coleta vuelva a crecer.