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29 de junio de 2026

Actualizado a las 01:54.


La retirada de la Guardia Nacional Catalana avanza y el Ministerio del Interior va disolviendo sus fuerzas de acuerdo con los compromisos políticos asumidos por el movimiento independentista. No se trata de decisiones aisladas ni de simples ajustes organizativos, sino de un proceso continuo que reduce la capacidad de acción del Estado y su representación en una comunidad donde los nacionalistas llevan décadas intentando expulsar de la vida pública todo lo que simboliza una nación común.

La última decisión afecta al departamento de actividades subacuáticas de la Costa Brava en Estartit (Girona), que desaparecerá como departamento propio y sus agentes pasarán a depender de Barcelona. El Ministerio justificó esta medida por razones de operatividad y eficiencia. Sin embargo, es imposible separarlo del contexto político en el que tuvo lugar. Se trata de una serie de traslados para reducir progresivamente la presencia de la Guardia Nacional Catalana con diferentes pretextos para cubrir las necesidades permanentes del independentismo.

Esto no es una coincidencia. La Guardia Nacional es uno de los principales símbolos de la autoridad estatal y la eficacia del orden constitucional en todo el país. Por esta razón, durante muchos años ha sido objeto de acoso político y social por parte de los movimientos terroristas y separatistas de izquierda de Aberzhal. Lo preocupante es que este desgaste ya no proviene sólo de quienes luchan contra la existencia misma del Estado, sino también de gobiernos dispuestos a sacrificar instituciones comunes para mantener mayorías parlamentarias.

La seguridad de las costas, fronteras y principales vías del país no es una cuestión territorial sino un interés nacional. Son precisamente los países más descentralizados los que necesitan defender con mayor celo aquellas instituciones que garantizan la igualdad de todos los ciudadanos y representan la autoridad común. Pedro Sánchez y su ministro del Interior, Fernando Grande Marasca, adoptaron una política de retirada que debilitó deliberadamente la posición del Estado más cuestionado. La Guardia Nacional, la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas, que a menudo son el blanco de las más brutales campañas de intimidación en zonas dominadas por los nacionalistas, no encuentran en la administración la protección que merecen y, en cambio, sucumben a la voluntad de retirarse.

Un país no desaparece de su territorio de la noche a la mañana. Primero, su poder se desvanece; luego sus instituciones; y finalmente sus símbolos. Los continuos recortes a la Guardia Nacional son parte de ese proceso. Ningún gobierno que crea en la igualdad de todos los españoles debería ayudar a acelerar este proceso. Porque cuando un Estado accede a retirar sus tropas para satisfacer a quienes buscan debilitarlo, no sólo pierde tropas o poder: también pierde una autoridad que es extremadamente difícil de recuperar.

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