19 de abril de 2026
Actualizado a las 21:09
La magnitud del proceso de concesión de la nacionalidad en virtud de la Ley de Memoria Democrática, la llamada Ley Sun Tzu, constituye un fenómeno masivo que el gobierno ha evitado explicar de manera transparente. Las cifras divulgadas ayer por ABC (actualizadas a 28 de febrero) muestran que hasta la fecha límite del 22 de octubre de 2025, se han registrado más de 2,5 millones de solicitudes de ciudadanía y se han aprobado más de 500.000 documentos. El número de rechazos (sólo el 2%) confirma que no se trata de un proceso selectivo, sino de una regularización masiva del acceso directo a la ciudadanía española que se produce en la sombra.
Los datos no son pequeños. A diferencia del programa extraordinario de regularización de la inmigración lanzado la semana pasada -cuyos beneficiarios deben esperar al menos dos años para obtener la ciudadanía española- estos nuevos ciudadanos obtienen inmediatamente plenos derechos políticos, incluido el derecho a votar. Aunque no vivan en España, pueden participar en el Censo de Ausentes Electorales (CERA). La experiencia muestra que aunque la participación extranjera es pequeña (alrededor del 8% en las últimas elecciones), su impacto puede ser decisivo.
El tema no es de legalidad en el reconocimiento de los derechos de las personas de ascendencia hispana, el tema responde a un estándar histórico y jurídico controvertido pero defendible. El problema central es la falta de transparencia y evaluación institucional del proceso que podría alterar el censo electoral. Los argumentos del Ministerio de Asuntos Exteriores son igualmente inadecuados, restando importancia al fenómeno al insistir en que la mayoría de los solicitantes solicitan pasaportes europeos y no participan en la vida política española. Además de carecer de un respaldo empírico sólido, esta afirmación también elude la responsabilidad de evaluar su impacto potencial. También contrasta con las preocupaciones expresadas por el propio gobierno sobre la influencia de la llamada “tecnooligarquía” en la formación de la opinión pública a través de las redes sociales. Si bien advierte sobre los riesgos de la diversificación, resta importancia a la participación potencial de millones de nuevos votantes cuya distribución, participación y comportamiento electoral se desconocen en gran medida.
El juicio que se debe emitir sobre este proceso no puede basarse en el trascendentalismo partidista ni en la tentación de tratar a estos nuevos ciudadanos como un bloque electoral homogéneo. Sería inapropiado suponer que constituyen “votos cautivos”, como también lo sería ignorar su relevancia última en el equilibrio político. Lo que el país necesita es claridad, datos y planificación. España necesita una política de nacionalidad coherente, transparente y evaluable que distinga entre el reconocimiento legal de los vínculos históricos y el impacto práctico de una ampliación tan masiva del censo electoral. Ocultar información o restar importancia a su impacto no sólo erosiona la confianza institucional sino que también obstaculiza un debate público importante. La responsabilidad del gobierno es explicar, no restar importancia; prever, no ocultar. Sólo así se podrá mantener la integridad del sistema democrático.