pared roja ——Traducido al español como muro de ignorancia–, publicado por Takeshi Yoro en 2003, ha vendido más de 6 millones de copias, lo que lo convierte en el quinto libro más leído de la historia de Japón. Anatomista jubilado, nacido en … Kamakura en 1937. Ex profesor de la Universidad de Tokio y presidente de la Asociación Entomológica de Kamakura. Quien escribió este fenómeno editorial ya ha ilustrado la singularidad de este personaje.
Yoro pasó décadas diseccionando cadáveres y luego pasó las siguientes décadas diseccionando algo más: la forma en que los humanos creemos saber.
El argumento del libro es engañosamente simple. Asumimos que entendemos el mundo (lo que vemos, lo que oímos, lo que nos enseña la experiencia), pero detrás de esa confianza se levanta un muro invisible de prejuicios, prejuicios inconscientes y limitaciones cognitivas que filtra aquello a lo que llegamos sin siquiera darnos cuenta. Ese muro no separa a los ignorantes de los sabios, sino que separa a todos de los demás y, lo más importante, separa a cada uno de sí mismo.
Tendemos a reforzar nuestras suposiciones a través de la conversación, escuchándonos unos a otros mientras las evaluamos en lugar de comprenderlas. Yoro ve esto como la fuente de casi todos los conflictos.
yura lo llama muro de tontos“el muro de los idiotas o los tontos”, y lo describe como un mecanismo cerebral más que como un defecto moral: en realidad, nuestros cerebros están programados para descartar información que les resulte incómoda con el fin de confirmar lo que ya creen, para aceptar como verdad lo que es meramente habitual.
De esta idea central surgió una crítica que parecía menos urgente en 2003 que hoy: el diálogo, insiste Yoro, no garantiza el entendimiento.
A menudo hablamos sólo para reforzar nuestras propias suposiciones, escuchándonos unos a otros para evaluar más que para ser comprendidos.
Yoro ve en esta dinámica las raíces silenciosas del conflicto personal, educativo y político, y lanza una mirada particularmente dura a la sociedad contemporánea obsesionada con el individuo, en la que cada uno construye sus propios muros como si se tratara de una identidad, negándose a cuestionar sus acciones para confundir autenticidad con autenticidad.
Su experiencia en neurociencia le permite hablar del cerebro sin seriedad (es un órgano, dice, no un altar) y sus páginas alternan entre la observación clínica y un escepticismo amistoso, casi irónico, sobre la modernidad japonesa y sus certezas.
Quizás lo más interesante es que la jubilación no ofrece ningún consuelo. No promete que derribar el muro nos hará más sabios o más felices; simplemente sugiere que reconocerla es la única manera de mirarla con cierta cordura, de dudar de la propia evidencia, de aceptar que la realidad es casi siempre más extraña que las ideas que nos formamos sobre ella.
En una época saturada de información y carente de comprensión, su artículo -escrito hace más de dos décadas al otro lado del mundo- encuentra una segunda vida en su reciente traducción al español (editada por Taurus), como si hablara directamente
El ruido ahora es insoportable.