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La crisis que carcomió incluso un ápice de credibilidad política y moral de Carlos Masson nació en un salón privado de Ventoro, donde se gestó la primera de una serie de mentiras que eventualmente revelarían la verdadera identidad del expresidente. Aquel almuerzo, intrascendente en sí mismo, se convirtió en un símbolo de destrucción por la decisión de Masson de ocultarlo, manipularlo y respaldarlo con un grado que hoy roza lo obsceno en comparación con la tragedia que azotó simultáneamente el sur de Valencia. La mentira de Ventoro expone todas las demás mentiras: revela una forma de dominación en la que la imagen es más importante que la verdad La responsabilidad institucional desaparece ante el menor atisbo de malestar.

La caída de Masson fue provocada por el engaño de esa toma de posesión. Primero rechaza la comida, luego la compensa y finalmente intenta justificarla con un carrusel de contradicciones. Lo que se podía resolver con una explicación sencilla se convirtió en escándalo Porque tanto él como Maribel Villaplana optaron por apoyar una historia falsa. Si bien la periodista no tuvo responsabilidad política por lo sucedido, su actitud posterior fue altamente reprobable. No sorprende, entonces, que muchos ciudadanos -no por patología, sino por pura lógica- dedujeran que quizás hubo algo más que un simple almuerzo entre ambos. No porque su vida privada importe, sino porque sus interpretaciones son tan erráticas que desencadenan exactamente la idea de que algo se está ocultando, y si realmente no importara, no requeriría tanto giro comunicativo. Sin embargo, el daño político no es personal sino que ocurre en el inconsciente de quienes están obligados a responder.

Mientras la DANA arrasa el sur de Valencia, el presidente se desconecta voluntariamente. Así lo confirmó un mensaje de WhatsApp enviado al juez por la exconsultor Salomé Pradas el viernes, que aclaró la coartada posterior. Pradas le informó de riesgos extremos en el valle de Poyo, graves inundaciones y condiciones extremas en varias ciudades. La respuesta a una de las notificaciones, según consta en actas notariales, fue de un indescriptible “cojonudo”. La palabra es una medida del enfoque frívolo de Masson ante la emergencia de la muerte. La información también afectó duramente a su jefe de gabinete, José Manuel Cuenca, quien estaba empeñado en minimizar la crisis y frenar decisiones de emergencia que podrían salvar vidas para proteger la imagen del presidente.

La conclusión es tan sencilla como demoledora: la mentira de Ventoro no fue un error, sino un método. Este enfoque revela la incapacidad de los líderes para asumir su rol cuando la realidad exige presencia, valentía y transparencia. Masson optó por lo contrario: ausencia, cálculo y mentira.

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