Luisa María Alcalde pasó sus últimos días como líder del país de Morena. El País ha sabido por fuentes del partido que el presidente del partido pronto será sucedido por la ministra de Bienestar Social, Ariadna Montiel. El cambio en la dirección del partido gobernante confirmó un cambio que llevaba meses gestándose. El desgaste interno, los resultados inferiores a los esperados y la incapacidad para organizar los conflictos locales obligaron a la presidenta Claudia Sheinbaum a optar por una reversión que, según fuentes, se viene gestando en la Ciudad Prohibida desde hace meses.
Sin embargo, la reconfiguración es mucho más profunda. Fuentes cercanas al palacio presidencial confirmaron a este Diario que con la renuncia del alcalde, Andrés Manuel López Beltrán también se retirará del partido. A la secretaría de organización de la agrupación política, que hasta hoy estaba encabezada por el hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador, se sumará en las próximas horas la jefa del departamento jurídico presidencial, Estela Damián Peralta. El movimiento dejó un mensaje claro: el liderazgo de Morena quedará en manos de tres figuras que cuentan con la confianza absoluta del presidente. Para solucionar este problema, el alcalde podría cubrir las vacantes en el departamento jurídico.
La llegada de Montiel respondió a un imperativo: restablecer el control territorial y regularizar una estructura que había dado signos de desorganización y falta de rumbo. Montiel es un colaborador muy cercano de Sheinbaum, un operador con amplia experiencia y trayectoria comprobada en la gestión de programas sociales, y encarna la imagen que el presidente considera crucial para remodelar el rumbo del partido.
Fuentes cercanas al palacio presidencial dijeron que Sheinbaum tomó así las riendas del partido en medio del riesgo de una división de cara a las elecciones intermedias de 2027. El nombramiento de Citlalli Hernández como jefa de coaliciones y candidatos es la primera pieza clave de este cambio de apuestas. Una figura con legitimidad interna encargada de contener las tensiones con los laboristas y los verdes y evitar que una disputa de candidatos desemboque en una crisis pública, poniendo en riesgo la mayoría parlamentaria, 17 gobernaciones y cientos de cargos locales que estarán en juego en menos de dos años.
La destitución del alcalde se ve tanto dentro como fuera de Morena como resultado de la falta de consolidación del liderazgo. Su gestión ha sido acusada de improvisación, luchas internas y una desconexión cada vez mayor con la base. Por eso el ascenso de Montiel no fue solo un cambio de nombre, sino un cambio de estrategia del partido con la intervención directa de Sheinbaum. A diferencia del alcalde, su fuerza no reside en el discurso político sino en las operaciones territoriales: gestión de registros, control de beneficiarios y capacidad de movilización.
Algunos dirigentes celebraron la intervención del presidente. Fue un duro golpe, pero también expuso la fragilidad institucional del partido gobernante, que no puede manejar sus conflictos sin la mediación del presidente.
Los legisladores morenistas dicen que el desafío que tenemos por delante será doble. Por un lado, Hernández debe llegar a un acuerdo en la batalla por la alcaldía para permitir una mayor candidatura y, por otro, Montiel debe demostrar que puede transferir su experiencia administrativa al partido. Morena ha entrado en la etapa decisiva.