Hace unos años, cuando la democracia como práctica política comenzaba a hacerse realidad en nuestra tierra, las diferentes estructuras gubernamentales que configuraron y dominaron decisivamente el oscuro periodo anterior iniciaron decisivamente un apasionante proceso de adaptación al nuevo sistema. … Pero, lamentablemente, no todo el mundo lo hace. Algunas personas se están quedando atrás. Uno de ellos es la Fiesta de los Toros, que permanece estancada y paralizada sin justificación alguna, bajo el control y guía de la entonces llamada “autoridad superior” o “la competente”, sustantivos y adjetivos con una larga y dolorosa historia predemocrática. Se trata de una herramienta recurrente de “mando y orden”, fundamentalmente confusa y ambigua, “todo encaja”, ideada por ciertos políticos que, para librarse del peso de la responsabilidad, la delegan en quienes no tienen las cualificaciones necesarias ni ningún título para desempeñar las tareas que se les han confiado.
En este caso, lo dejan en manos de los actuales “Presidentes de la Fiesta Taurina”, personas que han sido elegidas “así” por los “dedos amigos” de las autoridades gubernamentales entre personas respetadas de la sociedad, pero que rara vez comprenden la necesaria profundidad de los múltiples matices que configuran el mundo del toreo. Por eso nunca podrán exigir un cierto nivel de experiencia o una formación específica que acredite su idoneidad para el puesto. Sólo pueden “darse por sentado” y concederse plenos poderes sin posibilidad de recurso efectivo. Esta es sin duda la mejor manera de evitar que los citados presidentes, quienes los nombraron y sus ocasionales garantes dejen un “estigma en el aire” ante posibles reclamaciones.
Hubo otras circunstancias igualmente lamentables que dejaron al Festival de la Vaca débil y vulnerable ante sus críticos: la determinación de las citadas autoridades de apoyar la gran mentira que tradicionalmente ha puesto en duda el honor de los profesionales del Festival de la Vaca; contando con el silencio cobarde de todos los profesionales, y hasta cierto punto comprensible – silencio en ese momento. ¿O le interesa la interconexión entre la fiesta y la historia de la tierra, que está escrita e incluso tiene su historia interna, un intangible que no puede recogerse en ningún código y que forma parte del elemento mágico? Marca y define el carácter y carácter de una nación entera. o ignorar las disposiciones de la ley sobre la obligación ineludible de las instituciones políticas de “defender”, “proteger” y “promover” la tauromaquia…
Esta situación no es nueva en el toreo y debe revertirse para que el mundo del toreo vuelva a su poderosa e inexpugnable grandeza. El momento pareció caer en manos de los toreros, que son los únicos que pueden hacerlo: esta vez en manos del jovencísimo Rocca Rey, que con naturalidad dio un paso adelante y abrió nuevos terrenos y caminos ante el toro. Los jóvenes jugadores (Morant, Ortega, Borja Jiménez, Luque, Aguado, Talavante, David DeMiranda, Emilio De Justo, Ruffo, etc.) reaccionaron inmediatamente al partido, compitiendo cada uno de ellos lo más implacablemente posible y luchando por su lugar. Junto con esto viene una generación más joven de fanáticos. Una nueva realidad es posible. Ahora sólo falta educar a los jóvenes sobre cómo y quién tomó el control de las corridas de toros explotando el comportamiento inapropiado descrito. En primer lugar, quede claro que el toreo es una fiesta, honda y profunda, un acontecimiento artístico que cada espectador valora libremente, y no un examen doctoral permanente, sujeto al único e incuestionable criterio del examinador (el presidente de la fiesta) y sustentado en un mal programa de cuatro clichés; quien, de ser inicialmente un piquete de alguaciles encargados de mantener el orden público, pasó a ser el llamado defensor del valor imaginario de ciertas formas insondables, imposibles e indefinibles del hecho artístico. Si esto fuera cierto, entonces la tauromaquia produciría un retroceso tal que resultaría imposible. También se deja claro que la categoría Plaza es sólo para matadores y sus espectadores específicos. No se protege quitando o no quitando el pañuelo de la parte superior de la caja. Por cierto, las primeras reglas taurinas aparecieron en beneficio de los toreros, “maestros” que tenían motivos para saber de qué hablaban y que podían explicar al público (y normalmente a todos aquellos que “no” habían estado delante del toro) el desarrollo y mérito de las embestidas que realizaban, basándose en la continua y rica evolución del comportamiento del toro ante ellos, que es el secreto mágico y la grandeza de la fiesta. Las falsas controversias sobre el rango de un matador o el número de orejas cortadas sólo sirven para ocultar la ignorancia. El partido necesita personas que lo impulsen hacia arriba, no personas que cultiven sus egos a expensas del partido. De esa manera te volverás poderoso y no sólo conquistarás, convencerás a tus críticos de que son sinceros.
Periodista y representante taurino