Creo que era un domingo como hoy. Un domingo de primavera, los niños agitaban ramas y laureles y cantaban Husana en las calles de Jerusalén y dentro de sus muros.
Jesús, Rey de los judíos, entra en la ciudad con aclamaciones … Entre palmas doradas y laureles rodea el templo del héroe. Un rey, un héroe montado en un burro, viene a salvar el mundo. Aquel a quien los profetas proclamaron.
Desafió al poder, desafió el discurso oficial, denunció la corrupción en los templos y a los que vendían almas; expulsó a los comerciantes y se enfrentó a quienes establecían las reglas. Preferiría poner la otra mejilla y declarar la guerra, dar el pan a todos, sanarse, sacrificarse sin culpa y no retener nada. De hecho, su reino no es de este mundo.
Pero el mundo veintiún siglos después sigue este patrón, escribiendo su historia una y otra vez en versos sin credos ni gremios. Acusar, señalar diferencias. Silencia a los que alzan la voz, crucifica a los que no comulgan con su pan de masa madre, ni se inclinan ante los dioses con pies de barro.
Sacrifica a quienes se alinean con la tendencia desde púlpitos profanos donde se pronuncian consignas sin disenso. Él pone una corona de espinas a quienes lo desprecian. El silencio de las ovejas; incluso si matan de hambre a la gente, sus estómagos estarán agradecidos con quienes los alimentan. Todo por culpa del dogma.
Creo que era un domingo como hoy. Un domingo, más de dos mil años después, su promesa de pan, paz y justicia, silenciada por la codicia del poder, resonó con su sed insaciable.
Los domingos como hoy, el sol brilla intensamente, el cielo se llena del aliento de la primavera y la tierra se llena del ruido de los niños. Como hoy, ahora, no mañana.
Este Domingo de Ramos, mi alma se viste de niña y abre la puerta de la esperanza; mira con ojos de niña un mundo que no comprende, esperando siempre la resurrección, esperando un milagro.