Las fuentes dicen que por muy hábil que seas, estar pegado al teclado es como no querer escribir; Te rompen por dentro, dejando a Zamora sola, muy sola.
Las ciudades pequeñas son pueblos grandes. Cada barrio es un hogar, una bandera invisible … Siempre surge desde las raíces.
En Zamora nos deja el guardián del patrimonio sagrado, José Ángel Rivera de Las Heras. Un hombre de Dios con raíces en las calles de su comunidad, San Frontis, que conducen por la Cruz del Duero hasta los pies del Nazareno. Su Nazareno.
De niño, José Ángel era un joven dependiente en los grandes almacenes Llorente y me dejaban jugar detrás del mostrador, moviendo preciosos botones de nácar o azabache. Eso fue antes de que la voz de Dios lo llamara.
José Ángel dijo que sí, moldeando su vida entre la fe, el saber, la historia y su arquidiócesis. Qué orgullo era para un niño del barrio ser vicario de una iglesia que era una verdadera iglesia, el hogar de Dios en carne y alma.
Luego viene la confesión. No hay leña ni parrilla en el medio, está el calor del café o de las barras de chocolate, donde los pecados no son graves y se pueden perdonar sin arrepentimiento. Hay tantas cosas entre tú y yo. Cuántos.
José Ángel no es sólo un guardián del arte. No había en la parroquia ninguna piedra, panel, lienzo o talla que no reconociera. Esta es también la memoria del alma. Tantas almas.
Zamora perdió a un destacado estudioso e investigador, San Frontis quedó huérfano y yo fui uno de los pilares que sustentaron mi vida desde lejos.
Este jueves, las campanas de San Ildefonso sonaron más sombrías y la catedral parecía un poco más pequeña. Dicen que el Nazareno en realidad lloró.
José, tú sabes el peso de la cruz en la tierra, por favor márcanos las catorce estaciones en el cielo. Mantente siempre en la luz.
Gracias a Dios querido José.