“La perdurable polémica entre tauromaquia y antitaurino ha reforzado con el tiempo el poder de la Fiesta Taurina. Ha sido y sigue siendo un factor de reactivación. La defensa de la tauromaquia no puede entenderse sin su oposición. Los debates entre defensores y oponentes la mantienen viva. Si no, podría haberse extinguido. En definitiva, la polémica la ha enriquecido enormemente.”
Así lo opina José Marchena (Cádiz, 1962), catedrático de Historia Contemporánea en la universidad de su ciudad natal y autor de este libro. Tauromaquia y antitaurino. Historia de la encrucijadaen el que analiza los debates surgidos a lo largo de los siglos entre una posición y otra en el colectivo taurino.
Pero el autor va más allá: “La fiesta taurina es el símbolo más arraigado de la identidad cultural de nuestro país; desde el siglo XV, siglo en el que se formó la nación española que hoy conocemos, las representaciones taurinas son muy populares y siguen conectadas con nuestra realidad. Es un ritual, un pasatiempo, una ceremonia, como se le quiera llamar, pero que está muy ligada a España”.
“La Fiesta Taurina es el símbolo más arraigado de la identidad cultural de nuestro país, es un ritual muy asociado a España”
Curiosamente, el profesor Marchena admitió que no le gustaban los toros. “Tal vez no me verán haciendo cola en la plaza, pero tampoco me verán participando en manifestaciones contra el partido. Estoy investigando esto con mucho respeto y admiración por un partido que ha sobrevivido hasta el día de hoy y sigue siendo interesante desde una perspectiva cultural, social y de identidad”.
El libro, publicado por la Universidad de Sevilla con el auspicio de la Fundación de Investigación Taurina, tiene su origen en la tesis doctoral de Marchena, dedicada al estudio de la burguesía durante la Restauración borbónica. “Fue mi primer contacto con los toros”, explica, “y conocí la existencia de la primera asociación protectora de animales, fundada en Cádiz en 1873; comprobé que en la época de la fiesta existían ideas antitaurinas y estudié el movimiento en profundidad”.
Dijo que pronto se dio cuenta de que nunca obtendría una imagen completa del fenómeno taurino, por lo que lo que comenzó como un análisis de un festival taurino del siglo XIX se ha expandido hasta convertirse en un concienzudo artículo de 700 páginas que recopila opiniones a favor y en contra de las corridas de toros desde sus inicios hasta la actualidad. En total, sus veinte años de carrera los dedicó a resolver los cruces de polémicas inherentes a la fiesta taurina.
“No se puede entender la tauromaquia sin oposición”, dice Marchena en la primera conclusión de su obra. “La defensa y el ataque se establecieron desde el principio, por lo que ante el florecimiento de la fiesta, la Iglesia primero objetó porque sabía que el juego del toreo era contrario a la moral cristiana. En el siglo XVIII se argumentó que el juego del toreo no era una actividad productiva. Posteriormente, en los siglos XIX y XX, hubo una defensa de los animales. Los argumentos eran diferentes, pero bien estructurados”.
“Tal vez no me verán en las calles ni en las plazas, pero tampoco me verán en las manifestaciones antipartidistas”.
Marchena cree que esta dicotomía es clave para la persistencia del partido, y que el interés por mantenerlo va paralelo a su condena. “Por más paradójico o incomprensible que sea, este debate aumenta el poder del programa”, añadió.
“Para ello, defensores y opositores actualizaron su retórica en cada etapa histórica”, añadió, “de modo que, aunque los opositores no pusieron fin al festival, lograron en muchas ocasiones adaptar el programa a su planteamiento; lo cierto es que el festival despertó un interés inusitado en la iglesia, la política, los intelectuales y la gente común, y se puede decir que si uno expresa una opinión sobre una cosa es porque es interesante para bien o para mal”.
José Marchena sostiene que el enfrentamiento entre ambas posiciones en general nunca pasa del ámbito de la dialéctica. Explicó: “Lo más característico es que prevalecen los argumentos convincentes, lo que permite considerar las opiniones de cada uno; esto ha sucedido en casi todas las etapas excepto en la actual, donde una polarización generalizada ha dificultado el debate”.
Marchena añadió que hubo grandes polemistas, citando entre ellos a periodistas, “comúnmente conocidos como revisteros”, como José Velázquez y Sánchez (1826-1879), Leopoldo Vázquez (1844-1909), Peña y Goñi (1846-1896), Mariano de Cavia, Conde de Las Navas (1855-1920), Conde de Las Navas. (1855-1935) y José María de Cosio (1832-1977), Director de la Enciclopedia de Los Toros, Papeles Técnicos e Históricos.
Por otro lado, el autor destaca las figuras de Eugenio Noel (1855-1936), “el más vocal agresor que dedicó su vida a torear el toreo”, José Navarrete Vela-Hidalgo (1836-1901) y José Vargas Ponce (1760-1821).
“La tauromaquia es un patrimonio cultural que no debe desaparecer, sino adaptarse a los nuevos tiempos.”
Marchena consideraba que estos contendientes eran más influyentes que el Papa Pío o el rey que se atrevió a prohibir la fiesta. “Sí, son importantes, pero hay que tener en cuenta que el toreo en aquella época era elitista y no tan popular como en etapas posteriores”.
Y añade: “Los Borbones cargaban todos sus cañones con tauromaquia desde Felipe V, pero durante todo el siglo XIX la gente hizo la vista gorda y la prohibición real fue ignorada en los pueblos más pequeños hasta que Fernando VII creó una escuela taurina en Sevilla y la gente empezó a apoyar la fiesta taurina”.
Posteriormente, la época dorada del toreo llegó con el surgimiento de Joselito y Belmonte como grandes héroes nacionales y finalizó con la Guerra Civil y la dictadura, “un período de compleja reconstrucción de una ganadería casi desaparecida, en el que la autoridad política convirtió al toro en elemento identitario y folclórico”.
Controversia o no, la controversia persiste, con mucha gente yendo hoy a la plaza de toros y algunos expresando su oposición al festival. Entre ellos, algunos incluso cuestionan si la tauromaquia es considerada un patrimonio cultural de este país y está reconocida por ley.
José Marchena lo tiene claro: “El patrimonio cultural es lo que es y no creo que deba desaparecer. Asimismo, creo que debería adaptarse a la modernidad, no sé cómo, pero debe y siempre surge de la dialéctica de la argumentación”.