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Hasta bien entrado el siglo XX saber si una mujer estaba embarazada era más un arte que una ciencia. El retraso de la menstruación, los síntomas físicos y la opinión del médico se combinan para que las conclusiones muchas veces lleguen tarde y nadie sospeche nada.

A partir de la década de 1920 aparecieron las primeras pruebas biológicas modernas, en las que se inyectaba orina de mujeres en animales como ranas, ratones o conejos para detectar la presencia de la hormona del embarazo (HCG).

antes de la línea azul

Eso es ciencia, pero ciencia maldita, lenta y costosa: requiere laboratorios, animales y profesionales, por lo que los resultados tardan días y siempre pasan por manos de personal médico. En este contexto, la idea de diseñar una prueba que las mujeres pudieran realizar ellas mismas en casa sonaba casi tan descabellada como una videollamada.

Este cambio de paradigma comenzó en las décadas de 1950 y 1960, cuando las técnicas inmunológicas permitieron detectar la HCG directamente en muestras de orina sin el uso de animales. En 1960, Leif Wide y Carl Gemzell desarrollaron una prueba de inhibición de la hemaglutinación que mezclaba orina, anticuerpos HCG y glóbulos rojos de modo que, en caso de embarazo, las células se agruparan en un patrón característico. Es más rápido y más barato que los bioensayos más antiguos, aunque todavía no es muy sensible para detectar embarazos tempranos y tiene cierta interferencia con algunos medicamentos.

La introducción de los radioinmunoensayos a principios de la década de 1960 hizo posible medir la HCG con mayor precisión, pero a expensas de equipos complejos y medidas de seguridad radiológica que eran impensables fuera de buenos laboratorios. La ciencia ya sabe “ver” el embarazo en un tubo de ensayo, pero aún falta reducir todo el proceso hasta ponerlo en un aparato que se pueda manipular en el baño de casa.

El diseñador fue al lugar equivocado

En 1967, Margaret M. Crane tenía 26 años y trabajaba como diseñadora gráfica y publicista, no como científica. En ese momento, trabajaba para Organon, una empresa farmacéutica de Nueva Jersey, diseñando una línea de cosméticos. Un día lo llevaron a recorrer el laboratorio: sobre un pequeño espejo había una hilera de tubos de ensayo que contenían muestras de orina, esperando pacientemente los resultados químicos. El médico envía la muestra al laboratorio y, después de mezclar los reactivos, un anillo rojo en el fondo del tubo muestra si está embarazada; Por supuesto, la mujer puede tardar hasta dos semanas en obtener una respuesta.

Klein miró la escena con ojos de diseñador más que de bioquímico, y pensó en algo extremadamente simple: esto era tan mecánico que una mujer podría hacerlo en casa. No tenía una formación científica formal, pero sí poderosas intuiciones entrelazadas con observaciones muy específicas: la espera, el misterio y la dependencia médica son tanto un problema técnico como humano.

Prototipos de cocina y cajas de pinzas.

El germen de la primera prueba de embarazo casera moderna no nació en un laboratorio, sino en la mesa de la cocina del apartamento de Crane en Nueva York. Lo que tenía a mano no era un dispositivo sofisticado sino un objeto cotidiano: una caja de plástico con abrazaderas le llamó la atención por su forma y tamaño. Cortó una tira de Mylar, una película reflectante, y la pegó al fondo de la caja, creando un pequeño espejo improvisado.

Luego colocó el tubo de ensayo dentro y añadió una pajita para introducir la orina. El principio es el mismo que en el laboratorio: si se forma un anillo rojo en el fondo de un tubo, un espejo lo hace visible sin necesidad de manipular el tubo ni utilizar instalaciones especiales. Klein llamó a su invento “Predictor” y demostró a través de un prototipo casero que la lógica de prueba se podía comprimir en un objeto manejable, discreto y, sobre todo, privado.

El “no” corporativo y el miedo a la autonomía

Cuando Crane presentó su propuesta a los ejecutivos de Organon, la reacción no fue de entusiasmo sino de pánico. Les preocupa perder los ingresos de los médicos que envían muestras a los laboratorios, les preocupa que las mujeres “no sepan qué hacer con” los resultados y sospechan que el acceso rápido a la información aumentará el número de abortos o decisiones “mal controladas”. En resumen, el problema ya no es técnico, sino ético y económico.

Sin embargo, la empresa matriz holandesa de Organon ve potencial de mercado en probar la prueba fuera de Estados Unidos. A principios de los años 1970, Canadá llevó a cabo una prueba de mercado y en 1971 se lanzó el Predictor, un producto innovador que prometía una respuesta “rápida, en casa y privada”.

Las pruebas de primer uso no son tan sencillas ni tan compactas como las tiras actuales, pero ya comparten su lógica central. El usuario recoge la orina en un pequeño recipiente, añade unas gotas a un tubo de ensayo que contiene el reactivo y espera que la reacción inmune revele la presencia de HCG a través de cambios visibles, en este caso el famoso anillo de color.

El tiempo de espera en aquel momento era probablemente de unas dos horas y la traducción requería cierto cuidado, pero la gran revolución no estuvo en la velocidad, sino en el cambio de escenario: del laboratorio del hospital al mostrador del baño. Originalmente diseñada para el diagnóstico profesional e incluso la detección de tumores productores de HCG, la tecnología inmune se ha transformado desde entonces en un instrumento de autocuidado.

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