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Solemos asociar los destinos costeros con el verano. Son pueblos preciosos con puertos, barcos y pescados deliciosos, pero durante unos meses al año acogen a medio país. Eso sí, disfrutar de su esencia se vuelve más difícil. La buena noticia es que cuando el bullicio amaina y la vida vuelve a la normalidad, muchas personas recuperan el encanto que a veces se pasa por alto durante tantas visitas de verano.

En invierno, aunque tengas que abrigarte bien, hay algo fascinante en estos destinos. La luz es diferente, la playa se convierte en un agradable lugar para pasear, el puerto vuelve a ser de los vecinos, se aprecia mejor su autenticidad. Nada los diferencia: el olor del mar, el paisaje, el día a día de los lugareños y las delicias del mar llenas de sabor.

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