Revisar el alcance de la discapacidad de un niño debe ser un proceso riguroso, humano y respetuoso. Sin embargo, muchas familias experimentan lo contrario. Lo que se suponía era un mecanismo de protección se convirtió en una fuente de ansiedad e injusticia. Lejos de centrarse en las verdaderas necesidades del menor, estas valoraciones están influidas por sesgos que nada tienen que ver con la discapacidad.
Muchos padres informan que algunos evaluadores adoptan una actitud de indiferencia o incluso un prejuicio flagrante. La proporción de niños con discapacidades claramente diagnosticadas ha disminuido, e incluso cayó por debajo del umbral oficial del 33% cuando se pierde la proporción de niños con discapacidades, pero la explicación es difícil de justificar. Comentarios como “vives en un buen barrio”, “vas a una buena escuela” o “pareces tener los recursos” son, además de ofensivos, profundamente discriminatorios. porque La discapacidad no desaparece según el nivel socioeconómico de una familia; Pretender lo contrario es una negación técnica y moral.
Sorprendentemente, algunas asociaciones aconsejan a las familias que asistan “sin alardes de riqueza”. Este tipo de prácticas no sólo perpetúan el estigma, sino que castigan precisamente a quienes trabajan duro para brindar un entorno inclusivo para los niños. y oportunidades de desarrollo. Estas evaluaciones injustas son fundamentalmente contrarias a la autonomía de los menores con discapacidad; en cambio, recortan los apoyos necesarios y penalizan a las familias que están comprometidas con su bienestar.
El gobierno debe corregir urgentemente estos sesgos y restaurar la dignidad, el rigor y el respeto en un proceso que nunca debe ser un juicio de clases sociales; La evaluación tecnológica se centra en las verdaderas habilidades y necesidades de cada niño.