«La literatura de Solana es de esas que los necios rechazan por ser meramente descriptiva. Por eso sus libros están llenos de géneros que atraen, a veces por repulsión”, advierte José Esteban en el prefacio de la obra España negra de José Gutiérrez. … Solana, publicada en 1920 y hoy salvada por Reino de Cordelia, está ilustrada con gráfica y pinturas del autor. El autor del prefacio de la nueva edición añade: “Tras un deslumbrante prefacio en el que el viajero sueña que está muerto y encerrado en un ataúd negro, el pintor más negro de España emprende un viaje igualmente negro en busca de una España igualmente negra”.
El viaje comienza en Santander, ciudad natal del pintor y escritor, y realiza paradas en destinos como Medina del Campo, Valladolid, Segovia y Ávila, antes de finalizar en Zamora.
Un torero fue asesinado en la medina
A las dos de la madrugada llegó a Medina del Campo en tren nocturno. Su primera impresión de la estación fue que había gente durmiendo en la sala de espera y “muchos segadores yacían en el suelo, inmóviles como muertos” con guadañas apoyadas contra la pared. Desde el “cuarto dormitorio de la estación” podía ver el “encantador Castillo de Motta”, que visitaría al final de Villa Las Ferias para contar lo que vio y pensó. Si en lo alto de las torres se piensa en “una magnífica vista de Castilla, sin árboles y plana como la palma de una mano”, en la planta baja se encuentran mazmorras: “…en estas cuevas desoladas nos parecía ver potros, tornos y otros instrumentos de tortura”.
Las impresiones sobre la Medina del Campo incluyen tallas.
(ABECEDARIO)
Anteriormente había visitado las calles y la plaza mayor, “como un puerto deportivo gigante”, donde escuchó a los camareros de los cafés describir la plaza de toros, “la feria de ganado más importante y famosa de España” y las corridas de toros a las que asistían jóvenes que querían “un descanso limpio”. “…Su encanto distrae tanto que no quieres irte de allí”, dijo Gutiérrez-Solana de “La plaza más grande de España”, quien pronto se encontraría con la otra cara de la moneda, la sombría España que representa con pincel y pluma. Un toro acababa de matar a un matador en la plaza de toros, y podía ver cadáveres sobre la mesa, con caballos moribundos o muertos, “cuyos cuerpos enteros habían sido apuñalados”, mientras escuchaba aplausos y silbidos “mientras la corrida continuaba como si nada”.
En Valladolid, Gutiérrez-Solana pasó por una calle “llena de mujeres que vivían mal”.
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Valladolid y Museo de Escultura
Aunque “las casas antiguas eran asimétricas y parecían apoyarse unas en otras”, la plaza principal de Valladolid parece ser uno de los lugares principales de “la noble y antigua ciudad castellana”. El autor destaca las “excelentes tiendas” de los soportales, “sastres, sombrererías, relojerías y librerías”, estas últimas con más artículos de escritura que libros “porque era evidente que en el pueblo poca gente leía”, concluyó.
En aquel momento, el Colegio de Santa Cruz albergó la colección que luego se convirtió en el Museo Nacional de Escultura, al que se dedicó gran parte del capítulo de Valladolid. Después de considerar detenidamente las obras de Juan de Juni y Gregorio Fernández (a quien llamó “Hernández”), decidió que “el más grande de estos escultores fue Alonso Berruguete, el griego de la escultura”. José Gutiérrez Solana) era tan proclive a la penumbra que notó el realismo de los pasos procesionales, “las lágrimas y los rostros desmayados de los dolientes con puñales en el pecho, Cristo chorreando sangre; el sudario y los vestidos tallados con más fuerza que la realidad, todo arte dramático y trágico español”.
La que luego se consideró la “muerte” de Becerra fue para Solana “lo mejor de todo lo que el Museo de Valladolid tiene en su colección”.
Y aún quedaría un hallazgo que encajaría perfectamente con sus gustos, “el esqueleto de madera de Gaspar Becerra, que es lo mejor de todo lo que hay en la colección del Museo de Valladolid”. Se refiere a la obra “La Muerte”, que en su momento fue atribuida a Becerra y posteriormente adjudicada a Gil de Ronza, que para Solana era “lo más grande y grotesco en el arte del horror”. Hizo desaparecer “las demás esculturas” y, tras estudiar detenidamente los gusanos, las entrañas expuestas, el sudario, la garganta abierta, llegó a decir… con esta imagen se despidió de Valladolid.
Segovia, “El pueblo que sufre”
La plaza mayor, repleta de “casas destartaladas”, es el punto de partida de un recorrido por Segovia, “su comercio y su vida”, sus “tiendas pintorescas” y tabernas, donde “hay poca comida, el hambre es grande, el fotógrafo de la puerta es modesto” y los vendedores ambulantes llegan “en vagones de tercera clase en trenes mixtos”. El pueblo de Segovia, dijo, “es un pueblo sufrido, duro como la tierra”. En la misma plaza vio a gente pobre “morada de frío”, “como fantasmas en medio de la calle o apoyados en las paredes de edificios antiguos; sus ropas eran tan pasadas de moda que no parecían de este siglo”. “
El autor visitó (y trazó un mapa) el Acueducto de Segovia durante el horario de mercado.
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Pintó el acueducto en un cuadro copiado para ilustrar el breve capítulo de Segovia, donde tenía una presencia de fondo. Solana recuerda la “creencia común” de que fue criado por el diablo. “En algo tienen razón, porque no se podría ofrecer un edificio más loco, más hermoso y más grandioso”, escribió. De camino a la estación se despidió de Segovia en el acueducto, viéndola en diferentes momentos: “en el mercado, cuando los traficantes colocaban sus toldos y cajas al pie del gran arco, y por la tarde, cuando los serenos nocturnos de la ciudad se reunían para pasar lista”.
Ávila, “monjas por todas partes”
José Gutiérrez Solana, entre arrieros y campesinos, llega a “la noble y tranquila ciudad de Ávila, hogar del mejor y más sano aire del mundo, que no requiere pureza de espíritu alguna para convertirse en regalo para todo aquel que sabe sentir y ver”. “Como la comida es tan fuerte, no tenemos visiones (…) y ninguno de los que viajamos en este carruaje raído tenemos el espíritu de Teresa de Jesús, esa mujer histérica, divertida, que habla con Dios, como yo hablo con estos idiotas, que dicen cosas tan buenas, que piensan mejor que los lingüistas, que nunca piensan en nada”, dice unas líneas más arriba.
“Ninguno de los que viajamos en este viejo carruaje está sin la presencia del espíritu de Teresa de Jesús”, dijo sarcásticamente Solana al llegar a Ávila.
A la entrada encontró casas “muy rústicas” entre las “palacios fortificadas de los nobles castellanos”, en las que sospechaba que “todo el interior estaba en ruinas”, como el “antiguo y abandonado palacio episcopal”, mientras que en la plaza de Alcázar le llamó la atención una fuente de piedra en el centro, “de estilo bárbaro y barroco”, con una gran torre flanqueada por “dos enormes y mágicos bichos”, etc., para describir detalladamente.
Ilustración de Gutiérrez-Solana entrando a la ciudad de Ávila.
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Tras visitar un mercado celebrado en “una gran plaza”, Gutiérrez-Solana concluyó que “Ávila estaba llena de monjas” parecidas a los frailes, que eran “vagos”, dijo, “susurradoras y malas”, “pensando sólo en dinero” y “siempre hablando de cosas desagradables”. Dentro de un boticario había un “gran frasco lleno de tenias”, al que dedicó una página entera a describir; el boticario los etiquetó con su origen: uno del gobernador, otro de un cura, “largo y lleno, casi llenando el frasco”, y uno de un maestro de escuela que estaba “amarillo y delgado, porque no se había comido”.
Zamora en Semana Santa
El capítulo final de La España negra lleva a Solana en un “tren de tercera” hasta Zamora, con la plaza de Puebla y su mercado como primera parada, donde conoce por primera vez la Semana Santa en una tienda de ropa. Después de relatar una visita al hospital y un encuentro con varios leprosos, entró en la catedral, donde “todas las imágenes estaban cubiertas con un velo negro” porque era el Día Santo, pero podía ver la tumba: “Era terrible, en estas plazas frías, en el silencio, se podía sentir la muerte muy cerca”.
El autor finaliza el viaje con la llamada de Ignacio Zuloaga: “encontró su camino” en los soportales de Segovia, Ávila y Zamora
Después de describir la atmósfera igualmente lúgubre del asilo, relata los oscuros rituales en la capilla del hospital, el “lamentable sermón” de un sacerdote que “habla de plagas, inundaciones y pestilencias que sobrevendrán al mundo”, y el lavatorio de los pies de los pobres en la catedral, al final del cual recibieron “dos pesetas”. Luego visitará el osario y, al despedirse de la ciudad, ve a dos hombres herrando un buey. “Altos y fuertes”, “Parecían personas pintadas por Zuloaga”.
Ignacio Zuloaga, también pintor afroespañol, retoma la última parte del libro. Cuando veía “los viejos cabos españoles, aquellos mezclados con los colores de la tierra”, encontraba a Solana en los “cabos salvajes” de Sepúlveda y Medina del Campo, o en las arcadas de Segovia, Ávila y Zamora.