Los desastres naturales son inevitables para cualquier país. Pero la gravedad de sus consecuencias depende en gran medida de la capacidad de respuesta de sus instituciones. Estados de prueba de terremotos. No creen en sus propias fortalezas o debilidades. Simplemente los hacen visibles.
Esto es lo que está pasando hoy en Venezuela.
Una y otra vez, los venezolanos han demostrado una extraordinaria capacidad para resistir la adversidad. Construyeron comunidades donde los servicios estaban desatendidos, desarrollaron redes de solidaridad cuando las instituciones no respondieron y aprendieron a enfrentar la incertidumbre con admirable dignidad. Pero la resistencia popular no puede servir como política de gestión de riesgos de un país.
Mientras Carlos Báez busca formas de rescatar a sus vecinos atrapados entre los escombros de La Guaira, Dayana Delgado visita un refugio improvisado para preguntar sobre su hijo desaparecido de ocho años. Nadie espera soluciones extraordinarias. Esperaban algo más básico. Que venga el país.
Como ellos, miles de venezolanos pasaron las primeras horas de la tragedia organizándose entre vecinos, limpiando escombros con sus propias manos e intentando encontrar a sus seres queridos. Estas escenas conmueven porque revelan solidaridad, pero también porque revelan la ausencia de instituciones.
Aún no se puede medir el alcance total de esta tragedia. Sin embargo, los daños ya son evidentes. Las familias lo han perdido todo, las comunidades están aisladas, la infraestructura se ha visto afectada y la gente sigue esperando ser rescatada. Cuando aún quedan vidas que salvar, cada hora es decisiva.
La comunidad internacional respondió rápidamente. Los gobiernos nacionales, la Unión Europea y las organizaciones humanitarias han expresado su voluntad de cooperar. La capacidad de ayudar está ahí. El desafío es que esta ayuda sea accesible, esté coordinada a través de mecanismos humanitarios establecidos y llegue directamente a quienes la necesitan hoy.
La capacidad de ayudar está ahí. El desafío es que esta ayuda sea accesible, esté coordinada a través de mecanismos humanitarios establecidos y llegue directamente a quienes la necesitan hoy.
En una emergencia de esta magnitud, la asistencia humanitaria debe seguir principios universalmente reconocidos. Los principios de humanidad, neutralidad, imparcialidad e independencia garantizan que la ayuda llegue a quienes la necesitan, sin discriminación y sin tener en cuenta intereses distintos del alivio del sufrimiento humano. Son el estándar para proteger a las víctimas cuando cada minuto cuenta.
Retraso, las consecuencias son irreversibles.
En este caso, la protección de la vida debe prevalecer sobre cualquier otra consideración. Cada decisión que conduzca a obtener ayuda puede salvar vidas. Todo retraso tiene consecuencias irreversibles.
Esta no es la primera vez que Venezuela enfrenta una tragedia de esta naturaleza. La masacre de Vargas en diciembre de 1999 dejó una huella imborrable en nuestra historia. También hubo solidaridad cívica, ayuda internacional y compromiso con la reconstrucción. Pero la verdadera reconstrucción es más que simplemente construir casas o carreteras. Incluye el fortalecimiento de instituciones que puedan prevenir, responder y proteger.
Un cuarto de siglo después, Venezuela está menos equipada que entonces para enfrentar nuevas emergencias. El deterioro de la infraestructura, la debilidad de los servicios públicos y la progresiva erosión de la capacidad del Estado hacen que una emergencia de esta magnitud deje al país en una posición aún más vulnerable.
Los desastres naturales no distinguen entre ideologías o gobiernos. Pero sí revelan la calidad de las instituciones que ha construido una sociedad. La naturaleza produce terremotos. La fuerza (o vulnerabilidad) de un estado determina cuánto dolor se puede evitar más adelante.
Los desastres naturales no distinguen entre ideologías o gobiernos. Pero sí revelan la calidad de las instituciones que una sociedad ha construido.
Los venezolanos volveremos a levantarnos porque lo han hecho tantas veces. Pero el poder del pueblo ya no puede excusar la ausencia de gobierno. La unidad cívica salva vidas. Las instituciones existen para que ellos no tengan que salvarse.
Un terremoto abre una falla en la Tierra. Otro fracaso que Venezuela ha sufrido durante años sólo podrá terminar cuando el país vuelva a servir a sus ciudadanos.