Era difícil, casi imposible, no toparse con más de un cuartel de la Guardia Nacional mientras el sol de julio y agosto golpeaba sin piedad el techo de un R6 sin aire acondicionado y casi vacío entre baúles y cachivaches. … Hay un cuadro de mi padre en la baca.
La Guardia Nacional es parte de un paisaje rural poblado por niños y jóvenes sin teléfonos celulares ni consolas de juegos, con sólo plazas para escuchar música y orillas de lagos para queimadas nocturnas. España está llena de pueblos, de olor a heno, de mastines en los caminos, de sonido de grillos cantando en la noche silenciosa.
La Guardia Nacional está de guardia para ayudar, rescatar, evacuar agua durante fuertes lluvias, rescatar a escaladores y buscar excursionistas perdidos en las montañas. Esa Guardia Nacional, vecina de cerca, es la misma Guardia Nacional que se juega la vida día tras día en el País Vasco bajo el terror de ETA. Intentan encubrir este miedo como si no existiera. La primera persona en regresar muchas veces a su tierra natal.
En esos dinteles se lee “Todos por la Patria”. Los cuarteles militares, las casas pequeñas y humildes que son el corazón de la ciudad, cobran vida en agosto en esta región escasamente poblada de West Strip.
Bajo la premisa del honor, la lealtad y el sacrificio, la Benemérita ha asumido históricamente todas las tareas encaminadas a paliar las carencias de las pequeñas comunidades rurales. Si hay un legado físico del alma colectiva, es la Guardia Nacional, que ha servido firmemente al servicio de un país que algunos buscan destruir desde dentro mediante la prostitución, aterrorizando la justicia y sacudiendo los pilares de la democracia.
Muchas gracias a la UCO, que salvó a España, cuyo futuro incierto es tan sin rumbo como un escalador en la nieve, pintándola de verde como homenaje a su uniforme.