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Mientras Benjamín Netanyahu viola a diario el alto el fuego en Gaza, asesina y retiene ayuda a los residentes, asfixia a la UNRWA y prohíbe las actividades de 37 organizaciones humanitarias en Gaza y Cisjordania, su principal aliado, Donald Trump, está formando un consejo de paz profundamente inquietante.

Por un lado, lo primero que se puede inferir del borrador publicado es que Trump no está pensando en Gaza, sino en su propio plan de liderazgo global, que es a la vez imperialista y contrario al multilateralismo y al actual orden internacional. El plan está comprometido con la “paz a través de la fuerza” y, en esencia, insiste en tener el ejército más fuerte y capaz del mundo (como se afirma en la reciente Estrategia de Seguridad Nacional) y eliminar todos los obstáculos multilaterales a su dominio.

Así se entendió su reciente orden ejecutiva, por ejemplo, de sacar a Estados Unidos de 66 organizaciones internacionales, 31 de las cuales forman parte del sistema de las Naciones Unidas, con el argumento de que estas organizaciones no sólo son incompatibles con los intereses de Washington sino también contrarias a los intereses de Washington. Asimismo, impulsado por un narcisismo infinito, escribió al Primer Ministro de Noruega (que no quería entender que el Comité Nobel era independiente del gobierno noruego) en la que afirmaba que al no haber ganado el Premio Nobel había descuidado la búsqueda de la paz y se había centrado únicamente en defender los intereses americanos (y los suyos propios); como si no hubiera hecho nada más hasta ahora.

Como resultado de este deseo de liderazgo, acaba de crear un Consejo de Paz, que apenas oculta su intención de transformar en un organismo de gobernanza global a su imagen y estilo. Por un lado, Trump está tratando de utilizar este monstruo para asestar un golpe final a las Naciones Unidas como representante legítimo de la comunidad internacional y, por otro, para dotarse de una palanca de poder que sirva a su arrogancia.

Independientemente del resultado final de su iniciativa, su sesgo mercantilista ya es evidente, al imponer una tarifa de mil millones de dólares a los países que quieran convertirse en miembros permanentes (sin especificar adónde irán a parar los ingresos), según Reuters, que tiene conocimiento del proyecto de carta.


Asimismo, llama la atención la lista de unos sesenta invitados (sólo jefes de Estado o de Gobierno) e incluye figuras como Netanyahu, Milai, Orban, Lukashenko y Mohammed bin Salman, luminarias de un grupo en el que sólo falta Kim Jong-un, que no se distingue claramente por su defensa de la democracia, los derechos humanos y el derecho internacional. En este plan, el propio Trump es claramente el máximo líder, con poder para determinar la agenda del comité, la entrada y salida de los participantes y, por supuesto, el poder de vetar todas las decisiones adoptadas por el comité.

Un comité ejecutivo ridículo en el que participan únicamente sus leales seguidores Marco Rubio, Jared Kushner y Steve Witkopf, multimillonarios con ideas afines como Mark Rowan y Ajay Banga, y figuras controvertidas como Tony Blair. A través de esta estructura, Trump aspira a tener una institución alejada de Gaza que seguirá alimentando su falsa imagen de pacificador universal, rodeado de gobernantes interesados ​​en seguir protegidos por lo que erróneamente ven como sus protectores.

Por tanto, busca poder trascender la legalidad internacional e intervenir en países en los que tiene un interés más o menos legítimo por diferentes motivos. Lo más ridículo de todo esto es que, con el apoyo de las propias Naciones Unidas, el pasado noviembre aprobó el establecimiento de la llamada “Comisión de Paz” en el marco de la Resolución 2803 del Consejo de Seguridad, que dio luz verde al plan de Trump para Gaza, con 13 votos a favor, y China y Rusia se abstuvieron.

En cuanto a Gaza, el acuerdo de cese de hostilidades alcanzado el 10 de octubre prevé una segunda fase, cuyos principales hitos son el desarme de Hamás, la retirada de las tropas israelíes, el despliegue de fuerzas internacionales de estabilización y el establecimiento de instituciones de gobernanza política en la Franja de Gaza. A la espera de avances en los tres primeros puntos mencionados anteriormente, Trump también anunció la creación del Consejo Ejecutivo de Gaza, que forma parte del “Consejo de Paz”. Vitkov, Kushner, Rowan y Blair asistieron una vez más, junto con el multimillonario chipriota-israelí Yakir Gabe y representantes de Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Turquía. No sólo no hay palestinos en el comité, sino que Israel también se ha manifestado en contra, argumentando que no debería haber representantes de los países árabes, y mucho menos de Turquía, a la que considera un enemigo.

Los palestinos, por su parte, han expresado públicamente su rechazo al consejo no sólo porque entienden que Israel continúa violando descaradamente el acuerdo de alto el fuego, sino también porque se ven relegados a una entidad de segundo nivel, el Consejo Nacional de Gobierno de Gaza. Sería una agencia denominada “tecnocrática y apolítica” dirigida por Ali Shaath que tendría que lidiar con las dolorosas realidades cotidianas del Strip de Las Vegas. El nombramiento de Shaath, que ya es viceministro de la Autoridad Palestina, subraya la incapacidad de los líderes políticos palestinos para encontrar cualquier figura relevante que no esté afiliada a la Autoridad o a Hamás.

En resumen, éste no es el camino hacia un mundo más pacífico ni hacia un futuro palestino.

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