El video solo dura unos segundos pero contiene imágenes poderosas. Dos corzos pastaban en absoluta tranquilidad en las laderas del valle, ajenos por completo al vasto panorama que se desarrollaba a pocos metros de distancia. No hubo prisa ni conmoción. Sólo hierba fresca, terreno empinado y … De fondo se oye el sonido sordo del río Tajo, que ha llegado a la altura del Molino de San Sebastián y cae violentamente tras semanas de lluvia.
Esta escena resume la singularidad del entorno de Toledo, que pocas otras ciudades pueden igualar: esta ciudad histórica es naturaleza exuberante Hoy se revela su esplendor. Los corzos se alimentan al amparo del terreno, casi mimetizándose con el paisaje, mientras el río de abajo ruge con un caudal que supera con creces lo que legalmente se considera caudal ecológico.
No es una imagen popular ni forzada. Tampoco se trata de un incidente aislado. Al contrario, es una consecuencia lógica Un entorno donde las zonas rurales y urbanas conviven sin límites claros. El valle, con sus acantilados y su exuberante vegetación, es un refugio natural y corredor ecológico a pocos minutos del centro histórico. Allí la fauna encuentra alimento, tranquilidad y refugio, incluso en las proximidades de la ciudad.
Este contraste es lo que hace que el vídeo sea tan elocuente. Mientras los animales se alimentan lentamente, se puede sentir la silueta de la ciudad al fondo, lejana y real. Las dos realidades no entran en conflicto, sino que se superponen. Toledo Magnífico y Toledo Natural comparten espaciotiempo y paisaje, recordando que la capital no es sólo piedra y patrimonio, sino también ribera, monte, agua y fauna.
Las lluvias de las últimas semanas han intensificado esta sensación de naturalidad. Los ríos fluyen, las laderas se vuelven verdes y la presencia de animales se hace más evidente. No porque invadieron la ciudad, sino porque siempre han estado allí. Recién se están mostrando ahora.
La imagen del corzo en el valle no sólo es bella. Esto es instructivo. Muestra una ciudad privilegiada donde sólo hay que mirar hacia arriba –o grabar un vídeo– para ver que la naturaleza no comienza a kilómetros de distancia sino que está integrada en el pulso de la ciudad misma.