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La rápida aprobación y posterior derogación de la Ley 1720 (que trataba sobre la conversión de pequeñas y medianas propiedades) dejó una sensación incómoda: en Bolivia seguimos tomando decisiones sobre la tierra sin escuchar plenamente las opiniones de quienes viven y trabajan en ella. Los investigadores y analistas de la disputa por la tierra dicen que el conflicto es tanto político como legal. También demuestra una falta de diálogo y confianza en el futuro del régimen territorial boliviano.
En Bolivia, la tierra nunca ha sido un tema menor. Hablar de tierra es hablar de comida, de territorio, de identidad, de historia y de dignidad. Como han insistido desde hace muchos años el Centro de Investigación y Promoción Campesina (Cipca) y Manos Unidas, la tierra no puede reducirse a un simple bien económico; es la base material y cultural de la vida social.
La agricultura familiar campesina e indígena es uno de los pilares de la seguridad alimentaria. El estudio “Contribución de la Agricultura Familiar Campesina Indígena a la Producción y Consumo de Alimentos de Bolivia” del Cipca muestra que aporta aproximadamente el 61% de la producción agrícola del país, proporciona el 61% de los alimentos frescos que consumen los hogares bolivianos y concentra el 95% de la fuerza laboral agrícola.
Cualquier intento de cambiar las reglas agrarias sin una amplia participación generará desconfianza y tensión social. Lo sucedido –la ratificación acelerada, la respuesta organizativa, las movilizaciones, las denuncias de inconstitucionalidad y la abolición– dejó claro que las decisiones sobre el poder agrario no se pueden tomar de espaldas a la sociedad.
El debate sobre la Ley 1720 revela tensiones estructurales profundamente arraigadas. Por un lado, existe presión para flexibilizar el sistema agrario en nombre de la inversión, la productividad y la expansión de los modelos de exportación agrícola. Por otro lado, las organizaciones indígenas y campesinas y los sectores de la sociedad civil siguen preocupados por los riesgos de la concentración de la tierra, la erosión de las pequeñas propiedades y la violación de los derechos colectivos y territoriales.
Estas tensiones son parte de una discusión histórica sobre qué modelo de desarrollo rural necesita el país y cómo equilibrar la producción, la sostenibilidad ambiental, los derechos territoriales, la seguridad alimentaria y la justicia social.
La reforma agraria de 1953, la ley INRA de 1996 y la Constitución de 2009 establecieron un marco que limitaba las grandes propiedades, protegía las pequeñas propiedades y reconocía las funciones socioeconómicas de la tierra. No son sólo estándares técnicos, sino también logros sociales.
Sin embargo, en lugar de brindar un espacio para una reunión, la respuesta del gobierno giró hacia una lógica de confrontación. Las marchas y protestas son expresiones legítimas de malestar en una sociedad democrática. Es preocupante que existan intentos de desprestigiar a organizaciones sociales, instituciones de investigación y organizaciones no gubernamentales que defienden derechos colectivos.
Organizaciones indígenas como Cpesc y Copoap expresan preocupación por la retórica que busca deslegitimar el trabajo de las ONG: Las alianzas entre los pueblos indígenas y la sociedad civil son colaboraciones históricas que fortalecen los derechos y los territorios. Esto pone en duda las narrativas que retratan a los pueblos indígenas y a los agricultores como actores sin voz propia. Esta mirada es paternalista y discriminatoria. Los aborígenes y los campesinos tienen historias organizativas, memorias políticas y capacidades de toma de decisiones colectivas. Su movilización respondió a sus propios procesos, derivados de la experiencia histórica.
La opinión de la Relatora de la ONU, Gina Romero, debería llamar la atención sobre los riesgos de estigmatización y criminalización de los actores sociales. Una democracia sana requiere voces diversas.
El debate constitucional es otro elemento central del conflicto. La propuesta de confiar el poder de decisión bajo la Ley No. 1720 a comités sectoriales dio lugar a una opinión jurídica, ya que el sistema de tierras es competencia exclusiva del nivel central del país.
Debe mantenerse un principio: las normas relacionadas con la tierra deben respetar plenamente la constitución y garantizar la seguridad jurídica, y no pueden reducirse a la mera protección de las inversiones. También debe proteger a los pequeños productores, las comunidades indígenas y los derechos colectivos.
Una preocupación es la posible erosión de las protecciones históricas para las pequeñas granjas. La posibilidad de convertir tierras familiares en propiedades hipotecables y libremente transferibles genera preocupaciones sobre la deuda, la pérdida de tierras y la reconciliación de tierras.
La principal lección es que Bolivia necesita un debate nacional serio, pluralista y democrático sobre el futuro del planeta. Este debate debe incluir a los pueblos indígenas, los agricultores, los pequeños productores, las mujeres rurales, los gobiernos locales, la academia y la sociedad civil. Además, se deben considerar desafíos inevitables: la crisis climática, la presión sobre los bosques, la producción sostenible, la seguridad alimentaria, el acceso equitativo a la tierra y el agua y las economías rurales inclusivas.
Bolivia necesita discutir qué tipo de modelo agrícola quiere crear. No basta hablar de crédito o inversión sin fortalecer las políticas de agricultura familiar, asistencia técnica, riego, seguros climáticos y protección a los pequeños productores. De lo contrario, el riesgo obligará a los agricultores y a las familias indígenas a volverse más dependientes del sistema financiero y de mercados profundamente desiguales. Esta conversación no se puede posponer.
Restaurar la confianza requiere canales genuinos de compromiso y diálogo. La diversidad social y territorial requiere convenio colectivo. La tierra y el territorio son de importancia estratégica. De ellos dependen la alimentación, el equilibrio medioambiental, la cohesión social y la convivencia democrática. Cualquier reforma agraria debe tener responsabilidad histórica, respeto a la constitución y participación efectiva. Bolivia necesita recuperar su capacidad de escuchar su propia voz: la de sus productores, sus territorios protegidos y sus investigadores. Porque cuando el diálogo muere, el conflicto ocupa su lugar.