Nada ha cambiado más que el mundo exterior desde que Claudia Sheinbaum llegó al poder. La guerra ha dado un giro. Las cadenas de suministro son estrechas. Se han reorganizado las alianzas, los vecinos, que alguna vez fueron amigos, ya no son amigos. Se vuelven inseguros. distante. En 2024 todo está perdido. Todo es diferente a como era un año después. En este contexto, resulta extraño que en México no pase nada. En este nuevo contexto, algunos perfiles han caducado. Ya no se acercan. Las cifras que alguna vez fueron ideales son, en última instancia, insuficientes para hacer frente a las amenazas actuales.
En aquel momento, en diciembre de 2023, Juan Ramón de la Fuente ayudó a Claudia Sheinbaum a proyectar una buena imagen en la campaña electoral. Lideró conversaciones de transformación y guió una transición ordenada. Sin embargo, sus limitaciones son obvias, como sabe cualquiera que haya seguido de cerca los rumores, tensiones y divisiones en los 22 pisos del Ministerio de Asuntos Exteriores.
No me malinterpretes. Tu dolor de espalda es real. De hecho, de la Fuente nunca tomó las riendas del servicio diplomático del Ministerio de Asuntos Exteriores. Él y algunos otros sabrán si es voluntario o competitivo. No puede o no quiere.
El psiquiatra, diplomático e investigador mexicano pertenecía a otra época. Un período que ya no existe y que hay que hacer poco a poco. Quien sea el representante permanente de México ante las Naciones Unidas habla mucho pero le falta pulso. Estaba más allá del alcance de su signo y cojeaba durante la cirugía.
Nadie extrañará al ex director de Juárez Towers. El presidente tampoco.
Les deseo una pronta recuperación y que el país siga adelante. La historia, con un hacha pequeña, tiene su lugar.
El sucesor de De La Fuente es posible. El nombramiento pasó desapercibido: lo reemplazó Roberto Velasco Álvarez. Treinta y ocho años.
Velasco fue procesado por su juventud. El coloquialismo mexicano lo llama joven. La simple arrogancia muestra su inexperiencia. Es difícil darse cuenta de que Velasco merece tal desgracia.
El caso de Velasco tiene precedente. Bernardo Sepúlveda Amor tenía sólo 41 años cuando asumió como Ministro de Relaciones Exteriores; más cerca de nuestra época, Claudia Ruiz Massieu tenía 42 años y José Antonio Meade 43. Aun así, la situación varía: la mayoría de las personas que ocupan cargos en la Cancillería tienen entre 45 y 60 años. En este sentido, Velasco es el canciller más joven en la historia de México.
La declaración de Velasco, sin embargo, no es sólo una anomalía sino una señal de que hay un ajuste en marcha.
Velasco es representante de una generación que ya no espera pacientemente su turno sino que comienza a ocupar un lugar central en los gobiernos de la Cuarta Transición. Mire a Luisa María Alcalde, quien se desempeñó como ministra del Interior a la edad de 35 años durante el último sexenio. Recuerde a Marath Bolaños, quien ocupó el mismo cargo en el Departamento del Trabajo a los 36 años y aún se encuentra en el cargo. El ascenso de figuras como Citrali Hernández, quien se formó políticamente en el movimiento, sigue la misma lógica.
En la intensa atmósfera del seminario se forjaron perfiles: una carrera más corta, sí, pero con ventajas decisivas: intimidad política, lealtad, ajuste de proyectos.
Para ser honesto, Velasco no encaja del todo en ese molde. No es un cuadro formado en el ciclo político de la cuarta transformación. Su trayectoria fue diferente. Inició su primera marcha con la ayuda de Convergencia (hoy Movimiento Cívico), desde donde se catapultó a la presidencia de Marcelo Ebrard, su mayor apoyo político en años.
Aquí es donde finalmente se une Velasco. No en las plazas, no en la beligerancia: en la cocina de las relaciones con Estados Unidos. Donde suceden las cosas. Roberto Velasco es el producto vivo de esta instalación. Un hombre de negocios forjado en llamadas telefónicas fuera de horario y en las negociaciones más exquisitas.
Quienes lo conocieron repetirían lo mismo: disciplina, negociación discreta, capacidad para levantar el bloqueo. Pronto aprendió cómo era y cómo no era.
Durante sus seis años en la Cancillería, Velasco tuvo algunos logros que no se pueden leer en su currículum. Diálogo incorporado. en Washington y, lo más importante, en México. Ya no es un equipo muy relacionado con Ebrard, sino que se ha convertido en un operador con canal propio. Se ganó la confianza primero del presidente López Obrador y luego de Sheinbaum y se convirtió en una figura fija en la sala de juntas que pocos pueden lograr. No había mucha gente como él en ese solitario diagrama de Venn.
Por eso su nombramiento es tan meritorio como inevitable. En muchas de las fotografías clave de los últimos años (reuniones, llamadas telefónicas, negociaciones) Velasco ha permanecido entre ellas. Eche un vistazo a las hemerotecas. De hecho, Velasco era primer ministro en funciones.
Y, con todo, hay otro factor que no debe subestimarse: la concentración de poder. Con Velasco, la Cancillería y el diálogo directo con Washington seguirán en la misma figura. Ahora se fusionarán los dos espacios que tradicionalmente han tenido cierta autonomía. Sheinbaum no quiere discordia en la relación más importante del país.
Quizás por eso este nombramiento tranquiliza a todos los departamentos. Velasco es visto como predecible, disciplinado y pragmático. En un entorno lleno de incertidumbre, la previsibilidad es importante.
La llegada de Velasco deja claro que la política exterior no será un espacio para la experimentación. Sería una contención y un fino control de una relación cada vez más inestable.
Velasco está aquí para esto. No se trata sólo de redefinir el rumbo y asegurarse de que se mantenga en el buen camino.
Afuera, mientras el mundo sigue cambiando, la apuesta de Sheinbaum es tomar suficientes medidas.