En cada acto de campaña surgen las mismas imágenes: pabellones medio llenos o desbordados, banderas ondeando en los escenarios, música a todo volumen, candidatos hablando con gestos enfáticos ante la gente. Mientras tanto, afuera, millones de ciudadanos deslizan sus tarjetas … Mueve la pantalla y consume treinta segundos de vídeo, titulares incendiarios y memes perfectamente segmentados. La pregunta inevitable es: ¿Cuál es el propósito de las manifestaciones políticas actuales frente al poder omnipresente de las redes sociales?
La respuesta no es nostalgia, es practicidad. Rally no compite con la red, cumple otra tarea. Las redes sociales son un ámbito de alcance y velocidad. Le permiten microdirigir mensajes, medir el impacto en tiempo real y adaptar su discurso en función de la reacción inmediata del público. Son el laboratorio permanente del estratega. Pero precisamente por eso tienden a segmentar la conversación pública en burbujas ideológicas, donde todos escuchan lo que ya piensan.
La asamblea, por otra parte, es un acto de ser. Esto no es sólo comunicación, sino un ritual político. Reúne cuerpos en el mismo espacio, crea un sentido de pertenencia y produce algo que los algoritmos no pueden crear: crea una comunidad física. En una reunión no se “consume” información sino que se comparte una emoción. Antes de la planificación técnica, la política era energía colectiva.
Además, las manifestaciones cumplieron una función interna decisiva, que ayudó a unir a la militancia. Los asistentes no serán persuadidos, pero su compromiso se verá fortalecido. Cuando te vayas, te sentirás parte de algo más grande que tu voto personal. Esta movilización emocional es crucial en una campaña intensa e incierta como la que estamos viviendo, donde la diferencia no está en convencer a tus oponentes sino en conseguir que uno mismo llegue a las urnas.
Sin embargo, sería ingenuo ignorar el cambio cultural. La nueva generación está estableciendo su identidad política no en el pabellón, sino en conversaciones digitales. Allí se les informa -o se les engaña-, allí debaten, allí se enojan. Hoy en día, manifestarse sin repercusión en línea es un acto casi invisible. De hecho, muchas manifestaciones están diseñadas para ser transmitidas y divididas en segmentos virales. El entorno físico se ha convertido en el entorno por donde circula lo digital.
En última instancia, no se trata de elegir entre mítines o redes sociales, sino de entender que representan diferentes dimensiones de la política. Las redes son persuasivas y segmentadas, las asambleas simbólicas y cohesivas. Las redes multiplican la información y las reuniones construyen identidades. Cuando uno reemplaza al otro, la política se desequilibra, o se convierte en una estrategia puramente algorítmica sin raíces, o en una mera liturgia sin alcance real.
Quizás la pregunta más relevante no sea si las asambleas siguen siendo útiles, sino qué tipo de democracia queremos. Una política que se reduce a datos e indicadores, o una política que todavía tiene espacio para hablar ante los ciudadanos de carne y hueso. Mientras haya gente que quiera sentirse parte de algo común, el mitin sigue teniendo sentido, aunque luego aparezca en pantalla y sea juzgado.