29 de marzo de 2026 03:31 am
El año en que la Estrella salió por última vez de la Parroquia San Jacinto, no había ni siquiera 1.000 nazarenos. Están ubicadas en la amplia nave de la iglesia, que hace medio siglo se disponía a decir adiós después de más de un siglo. … Vivir juntos. Corría el año 1976. Esta era la primera Semana Santa desde la muerte de Franco, lo que muchos consideraron un peso, pero que al final sirvió de trampolín para reiniciar las celebraciones. El Puente de Triana está cerrado. Este año, a las cuatro y media de la tarde, la fraternidad tuvo que salir más o menos, bordeando el barrio por la calle Castilla y cruzando el río por Chapina, el istmo artificial que une ambas orillas. Al ingresar al templo, los nazarenos notaron que la temperatura bajó varios grados. Es el frío de la sacristía, tarjeta de bienvenida a quienes llegan. Los escalones que antiguamente se situaban cerca del presbiterio ahora se sitúan cerca de la puerta, lo cual resulta bastante metafórico. El místico de la derecha está plantado de claveles rojos y tiene un plumaje romano corto con plumas del mismo color; la estrella de la izquierda está vestida de azul y viste una capa sencilla sin daga. Cuando los nazarenos, buscando su propia zona, entraron a la Nave de las Epístolas, pudieron oler el aroma no identificado exclusivo de este templo. Para los niños, este es el primer olor de la Semana Santa, algo que se queda grabado para siempre en el alma. Pero no saben qué es. Doña Carmen, camarera del Hotel Estrela, tiene una hermana monja en quien se destila la esencia de su convento. Cada vez que la Virgen se vestía dejaba caer este elixir en sus enaguas, que permanecían en el templo con el tiempo. Esta mañana de Domingo de Ramos, las violetas de San Jacinto vuelven a florecer. Incluso con nuestra mente creemos oler el aroma de la infancia renacida cincuenta años después. La memoria en este caso elige el aroma más evocador para abrir la herida de la nostalgia, hoy, cuando todo comienza, cuando todo termina.