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Fue durante la pandemia y el confinamiento del rancho de Zapatero Sánchez cuando el público empezó a centrarse en los interiores de las casas de los llamados expertos –digámoslo en las estanterías– que pegaban hilos domésticos y telemáticos a sus sucesos, dando vida a informativos suscritos al sensacionalismo en vídeo y que tenían poco que enseñar a sus estimados espectadores en un mundo paralizado. De ese polvo, de esa suciedad. Las emisoras ahorraron mucho dinero con los carruseles conectados por teléfono, y al final hicieron cuentas y, tras un cierre estricto, mantuvieron este formato, que ahora es el centro del espacio, en cuyo caso, como la Virgen de los Locos, algún profeta con tarifa de datos ilimitada no se presenta por si le llaman, que es un día raro. El carácter amateur de las conexiones de mesa originales -sin el toque de “espectáculo” de un cameo de Alfonso Merlos, una contribución española a un género entonces todavía en su etapa larval- ha dado paso a algunas superproducciones que se adaptan a la época y al modo de comunicación, convirtiendo a algunos de los televangelistas de primera generación en auténticos “youtubers”, con sillas ajustables de “jugador”, micrófonos dinámicos (y muñecos si es posible) y decorados. Tire hacia atrás la parte trasera. Así conocemos a Rubén Sánchez, un supuesto activista de Facua que ha construido un estudio de grabación y radio que es la envidia de los sindicatos. Por si te llaman. “Para garantizar nuestra independencia, no aceptamos financiación de empresas privadas ni de partidos políticos”, afirmó el “youtuber”, tras aclarar que “Facua 2025 recibió una subvención de la Dirección General de Consumo del Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 por importe de 435.497,10 euros para sostener su estructura”. La estructura es a la vez infraestructura y superestructura. Desde estas humildes líneas, antes de que quedaran en el olvido, rendimos homenaje a aquellos pioneros de la conversación telemática que, como las señoras de Hola, nos abrieron sus salas de plancha durante la pandemia para distraernos más con sus espinas que con las palabras que pronunciaban, en la fase de prueba del truco, en contraste con el nivel de espectacularidad alcanzado por los profesionales de la barbacoa, “como con el fuego de fazo”, acompañado de música de fafa, pero en estado sólido.

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