Un real decreto del gobierno ha decidido prohibir los espectáculos llamados “Matadores enanos” porque aparentemente denigran a los artistas. A veces la gobernanza simplemente no quiere saber. Lo entenderás después de diez minutos de hablar con el torero enano. … De sus dos denominaciones, la segunda anula a la primera. El hecho de ser torero les hace tan grandes que delante del toro, a través del arte del toreo, son grandes.
Este tipo de refuerzo es desconocido en el gobierno, que, si no fuera por su gracia, no entiende el desarrollo personal y prefiere convertir a los matadores con acondroplasia en enanos humillados, recibiendo una remuneración del Estado. Buscan seguir siendo socialmente discapacitados, como cientos de miles de personas con ingreso universal, que son celebradas en Moncloa no por el fracaso económico y social que exhiben, sino porque son millonarios. El Millonario del Sanchismo. El gobierno dice odiar a los Lamborghinis, pero le gusta que los pobres voten y cree que los enanos les deben una vida mejor de la que ganan, aunque eso sea tan absurdo como pararse frente a un toro que llama la gloria a sus pitones y otorga a todo aquel que se enfrenta a él la dignidad de un héroe.
El Alamar del matador enano es más regio que los cincuenta ministros de moda barceloneses, y los Florito Riendas son más “espirituales”. Pero debemos labrar la tierra con estos mansos. Recuerdo a Antonio Corbacho enseñando el Camino del Bushi a José Tomás, en cuya casa de Las Pajanosas había un torero enano de muy mal carácter que podía predecir la muerte cuando se enfadaba. Era dueño de una choza y nadie sabía lo que había dentro porque si te acercabas te cabreabas. Corbacho lo recogió un día que lo emborracharon en el Castillo de Las Guardas, lo casaron con una enana -debía ser una buena mujer- y luego se los llevaron a dar un paseo en un descapotable. Cuando fue a ver a su manager y se quejó, Corbacho tenía una cosa para todos: “No tenéis más que empezar a pelear y matar al enano que lleváis dentro”, le aconsejó.
No había nadie más grande ni más pequeño en la plaza: todos parecían a la vez pequeños y enormes. Hasta cierto punto, todos los matadores son enanos. Para los dieciocho toreros que lucharon ayer por la gloria en la Copa Chenel Fundación Toro de Lidia en Las Ventas, mientras la temporada barre los rincones más oscuros del miedo, parece como si sus madres acabaran de peinarlos, como decía mi abuela de los matadores. En la plaza de toros, el matador queda eclipsado por una bestia que es siempre enorme y desproporcionadamente amenazante. Si no, el hechizo se rompe.
El objetivo es que, ante el inmenso poder del animal (que representa el salvajismo que siempre nos amenaza), y en su aparente discapacidad física, podamos concebir la alegría, la belleza y la gracia. Cuando la premonición del destino levanta hacia el cielo la daga blanca y vertical, el hombre decide burlar la suerte y luchar contra un destino que es varias veces mayor que el suyo. Allí vivía un niño: un niño que se enfrentaba a monstruos, abandonado hasta el final, sonriendo cuando era herido, o luchando, pero siempre como matador, una manera de vivir en el mundo, no una profesión. Por eso no gritan “¡Futbolista!” a un futbolista, pero “¡Matador!” a un matador. El Ministro de Cultura no puede entender que para ellos el concepto de cultura consista en un disparate titulado “Conversación con personas transgénero en Guatemala”, mientras el gobierno intenta -sin éxito- prohibir nuestras civilizadas corridas de toros.