Proporciona la seguridad que a muchos de nosotros ya nos gusta. No se anda con rodeos cuando comparte su historia con nosotros. Tiene ciudadanía colombiana y se casó cuando tenía dieciocho años. Decidió trasladarse a España con su marido, que tuvo que solucionar asuntos administrativos, durante otros tres años. … Tarde. Después de instalarse, ambos comenzaron a trabajar en una famosa cadena de hamburguesas, donde desarrollaron una relación con una mujer a quien con el tiempo acogieron en su casa. Esta estabilidad es de corta duración. La relación se vino abajo tras su infidelidad, lo que aceleró la ruptura. Fue entonces cuando Paula supo que estaba embarazada.
Tras dos semanas de incertidumbre, la joven de entonces veintiún años decidió continuar con el embarazo y, “tras un largo proceso”, registró sólo el apellido de la menor, ya que el padre no asumiría ninguna responsabilidad. Al regresar a su país de origen, encontró nuevas dificultades: su hijo no podía obtener la ciudadanía colombiana, por lo que decidió regresar a España, donde Paola ya no mantenía residencia -la normativa exigía tres años de matrimonio y al menos uno de ellos residiendo en el país-. “Estuvimos separados durante seis meses antes de cumplir ese requisito”, insistió.
Sin familia, sin documentos, sin opciones de empleo y un nuevo bebé. No tuvo más remedio que recurrir a los servicios sociales. «Hay recursos para madres solteras. “Vamos a solicitar una plaza”, le dijeron. Se trata del proceso de ingreso al Centro de Maternidad de Residencia Norte, recurso educativo y de capacitación para mujeres de hasta 30 años, incluidas menores de edad (con o sin protección), previa autorización de sus representantes legales. Fue en este espacio, en uno de los seis “pisos complejos” del centro, donde Paula compartió su experiencia con este diario.
Paula y su hijo Kelly, de dos años, han estado viviendo en el centro residencial durante los últimos cinco meses. Con carácter general, el plazo máximo de estancia es de un año. Comparten apartamento con las africanas Ava, Aya y Michelle y sus hijos. “Este último proviene de Benín y está protegido internacionalmente”, señala Milagros Fernández, directora del centro, como ejemplo de los perfiles que se encuentran en zonas residenciales. Como se mencionó anteriormente, este recurso fue creado en 1983 y acoge a madres menores de 30 años en situación de desventaja social, incluidas menores de edad. “En este momento, nuestro residente más joven tiene 15 años y dos hijos”, dijo Fernández.
El centro dispone de 64 plazas, divididas en dos alas – “como dos entradas, A y B” – cada una de ellas con cuatro plantas: una de recepción, donde las madres permanecen unos dos meses para acostumbrarse a la normativa, y tres de consolidación. Son sencillas, sencillas, espaciosas y luminosas. Cada unidad tiene cocina y sala de estar, y cada residente tiene su propio dormitorio y baño. La habitación de Paula es muy sencilla, con dos camas de 90, una pequeña estantería, fotografías y varios juguetes en la pared.
En la imagen de arriba, Paula, de 25 años, está en el apartamento combinado del centro de maternidad Residencia Norte. En la imagen siguiente, varios cuidadores cuidan a varios niños en una guardería. .
(interpretada por Belén Díaz)
A través de intervenciones individuales y grupales así como de itinerarios y programas, Residencia Norte busca progresivamente estabilizar y mejorar la calidad de vida de las madres y sus hijos dependientes. “Trabajamos con cada mujer de forma personalizada a través de un programa educativo acordado con ella, orientado a darle las herramientas que necesita para vivir una vida autónoma. En estos centros también se fomenta el aprendizaje sobre la maternidad y el desarrollo de hábitos encaminados a la plena integración en la maternidad”, explican. “Nuestro objetivo es aprender habilidades maternales y cuidar a nuestros hijos de forma autónoma”, coincide Paula. “Se quedan con nosotros y nos corrigen cuando es necesario, lo cual es crucial para las nuevas madres solteras”.
La norma principal del centro es que las madres puedan convivir para no crear conflictos. “No se trata de hacer cumplir estrictamente las normas porque todas son voluntarias. Sin embargo, reconocemos que en muchos casos esto se discute y se negocia. Somos flexibles en algunas cosas”, explicó durante la conversación Isabel Fernández, educadora del centro. Señaló que muchas de las niñas provenían de situaciones muy complejas: algunas recibieron amenazas de muerte al llegar, otras fueron víctimas de violencia de género. Por eso, los educadores enseñan valores de convivencia y estrategias de prevención de conflictos: “Cada uno viene de un país con su propia realidad, todas ellas complejas. Trabajamos la empatía, enseñamos el respeto al espacio ajeno e interactuamos conscientemente”.
“Nuestro objetivo es aprender habilidades maternales y cuidar de nuestros hijos de forma autónoma”
Asimismo, creían que llegaban chicas que a veces eran muy destructivas y “ellas mismas eventualmente se fueron porque encontraron que aquí no había lugar para ellas”. Paula aseguró que lo que más aprendió durante estos cinco meses fue “a interesarse por los sentimientos de los demás para comprenderlos y se asumió la responsabilidad emocional”. Después de centrarse en sí misma y en sus problemas durante mucho tiempo, se dio cuenta de que ahora valoraba más a los demás. Además, asegura: “Aprendí mucho sobre la cultura y la forma de ver la vida de mis compañeros”.
El trabajo de los educadores del centro es ininterrumpido: están de guardia las 24 horas del día, turnándose para cuidar a las madres. Además de enseñar habilidades y valores básicos en la vida cotidiana, su trabajo también es fundamental en situaciones de emergencia. Por ejemplo, cuando un residente se pone de parto o el niño se enferma repentinamente y debe ser llevado de urgencia a la sala de emergencias. “Hace muchos años vivimos una situación trágica: un niño murió repentinamente durante la noche”, recuerda el director.
Servicios de guardería para niños menores de tres años.
Uno de los atractivos de este conjunto residencial es que cuenta con una guardería abierta de 7:45 am a 4:45 pm. Aquí las madres pueden dejar a sus hijos cuando tienen que ir a la escuela o al trabajo. La dirección explicó que dado que el programa del centro “no está diseñado para sustituir el trabajo de las madres”, el horario laboral para quienes aún no han cumplido la edad legal pero aún no han encontrado empleo se reduce de 10:00 a 12:00 horas. La clase se divide en cuatro pequeñas salas: una con cuna para recién nacidos y otra para niños de hasta tres años. En el momento de la entrevista de este periódico, había siete niños en la sala principal y cuatro bebés en la sala de al lado. Nos explicaron que a las madres no se les permitía entrar durante este tiempo para que los niños se acostumbraran a estar solos y también para que ellas mismas aprendieran a confiar en que los niños estaban en un ambiente seguro.
Madrid destina más de 1 millón de euros a centros de maternidad
A finales de febrero, el Consejo de Gobierno de la Comunidad Autónoma de Madrid aprobó una inversión de 518.000 euros entre el 1 de abril de 2026 y el 31 de marzo de 2027, en la gestión de residencias para mujeres vulnerables embarazadas o con hijos menores de seis años. Este recurso materno, gestionado por las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, brinda atención integral a las usuarias y a sus hijos y les proporciona alojamiento, manutención, apoyo psicológico y programas de intervención individual para lograr su reinserción social y laboral y una mayor autonomía económica. Sólo en 2025, el dispositivo atendió a 52 personas. Además, el Gobierno autonómico también inaugurará este año el primer apartamento de gestión pública para menores embarazadas sin apoyo familiar, que contará con ocho habitaciones y ha sido recientemente reformado con una inversión de 670.000 euros.
“¿Qué esperabas antes de llegar aquí?” Le preguntaron a Paula cuándo recogió a Kelly de la guardería. “Estaba temblando. Les dije a mis amigos: ‘¿Voy a salir de Guatemala y entrar a Guatepel?’ “Mi miedo era el ruido constante de la gente y vivir con ellos todos los días. Lloré todas las noches y solo faltaba un mes para mudarme. Pero cuando entró en el centro, todo cambió. “Me sentí bienvenida, respetada. Cuando Paula se fue, la directora y la educadora coincidieron: “Era una niña muy seria cuando llegó aquí por primera vez”. Ahora está segura, sonriente y decidida. Mientras nos despedíamos, una joven que llevaba una maleta caminó por la entrada de la Residencia Norte.