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Las tasas de autismo pueden ser comparables en hombres y mujeres. Ésa es la conclusión de un estudio de 2,7 millones de personas publicado el jueves en una revista médica. Revista médica británica. En la primera infancia, es decir, antes de los 10 años, la relación a su favor es 3:1 (hace unos años la relación más aceptada era 4:1). Pero con el tiempo, las cifras se igualaron. Hasta los 20 años, la proporción de diagnósticos está realmente equilibrada. “La proporción de hombres y mujeres con autismo disminuyó con el tiempo y al aumentar la edad en el momento del diagnóstico”, explican los autores. “Esta proporción puede ser mucho más baja de lo que se pensaba anteriormente que ya no se puede distinguir en la edad adulta”.

El análisis cubrió una muestra de más de 2,7 millones de personas nacidas en Suecia entre 1985 y 2020, y las siguió desde el nacimiento hasta una edad máxima de 37 años. Más de 78.000 personas han sido diagnosticadas con trastorno del espectro autista (TEA). Las tasas de detección de la enfermedad aumentan a lo largo de la infancia, alcanzando niveles máximos entre los 10 y 14 años en los niños y entre los 15 y 19 años en las niñas. Los autores no explican lo que los expertos llevan años preguntando: por qué a las mujeres se les diagnostica más tarde.

“Este estudio se construye sobre una base sólida, gracias tanto a la trayectoria del equipo que lo firmó como a la calidad del sistema de registro sueco”, explica Jorge Aguado, psicólogo clínico del hospital clínico e investigador de la Universidad de Barcelona. En declaraciones al portal científico SMC, el experto también señaló algunas limitaciones: “Sus conclusiones sólo pueden considerarse plenamente aplicables a la población sueca, que se basa en diagnósticos registrados (casos pasivos), que reflejan sobre todo patrones de detección más que una prevalencia real; y no tiene en cuenta comorbilidades que puedan influir en la edad en el momento del diagnóstico”. Aun así, hizo una valoración positiva y destacó que los resultados siguen siendo coherentes con las últimas evidencias.

El autismo es más común en niños que en niñas, pero las proporciones exactas han variado a lo largo de los años. En 2012, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades estimaron que los niños tenían 4,7 veces más probabilidades de ser diagnosticados con autismo que las niñas. En 2018, la proporción había caído a 4,2 a 1. En 2023, la cifra era de 3,8 a 1. Los últimos datos publicados por la agencia muestran que los niños tendrán 3,4 veces más probabilidades de ser diagnosticados en 2025. La brecha continúa reduciéndose.

Los investigadores británicos, que revisaron docenas de estudios de la Sociedad Estadounidense de Psiquiatría Infantil, estimaron que la proporción de sexos real estaba más cerca de 3 a 1, la misma proporción de sexos infantiles encontrada en el estudio actual. Los autores señalan luego una posible explicación para el infradiagnóstico de las mujeres: el sesgo de género en los criterios de evaluación de los trastornos del espectro autista, que tradicionalmente se han basado en los hombres.

Otra razón que podría explicar la brecha de género es el fenómeno del camuflaje: las niñas con formas más leves de la enfermedad aprenden a enmascarar sus síntomas (por ejemplo, a mejorar la comunicación no verbal) para encajar socialmente. Los roles de género pueden explicar estas diferencias. Se espera que las niñas sonrían más, se preocupen más, sean sociables y menos violentas. Se les educa sobre esto, incluidos los autistas. Esto les da las herramientas para descomponerse.

El TEA es un trastorno del desarrollo neurológico que ha sido ampliamente estudiado desde mediados del siglo XX. Se estima que alrededor del uno por ciento de los niños en edad escolar se ven afectados. Las investigaciones muestran que está estrechamente relacionado con la genética, pero las pruebas para diagnosticarlo son en su mayoría observacionales. No existe ninguna prueba o examen médico que diga que alguien tiene autismo, al igual que se puede decir que tiene enfermedad celíaca o síndrome de Down. La evaluación clínica es más subjetiva y matizada. Ésta es la razón por la que el autismo puede ocultarse, especialmente cuando no es grave.

El primer estudio sobre el autismo fue publicado en 1943 por el psiquiatra Leo Kanner de Johns Hopkins, quien encontró que 11 niños (ocho niños y tres niñas) tenían un “fuerte deseo de soledad e igualdad”. Luego se describió como una enfermedad única y singular. Después de años de investigación, la gente está empezando a darse cuenta de que en realidad se trata de un espectro de distintos grados. Algunas personas padecen autismo grave y no pueden vivir de forma independiente e integrarse en la sociedad. Algunas personas con formas más leves de trastorno del espectro autista pueden llevar una vida completamente normal.

Eso no significa que identificarlos no sea importante. Cuando alguien está en el espectro y aún no ha sido diagnosticado, se enfrenta a cierta incomprensión, no sólo de la sociedad sino de sí mismo. No entendía lo que le estaba pasando. Esto puede explicar por qué muchas personas a las que se les diagnostica problemas de salud mental en la edad adulta también suelen enfrentar problemas de salud mental. Es difícil vivir con algo que te pasa pero que no tiene nombre. Estudios como este ayudan a comprender mejor las especificidades de los trastornos del desarrollo neurológico que aún no comprendemos del todo. Reflejan que algo está cambiando, al menos en cuanto a su detección.

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