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Un año más, contra mi voluntad y por exigencias laborales, acudí a mi inevitable cita incómoda: una gala de Goya. Este año Barcelona fue elegida como lugar para reunir a las grandes familias del cine para que reivindicaran Por todas las causas justas que se traten en este momento, mientras estén allí, que alguien suba y reclame el premio, que dedicará sin moderación ni decoro hasta a sus últimos familiares vivos y muertos. Dentro de un año, me temo que esta será la versión más hipnótica de la historia. Porque el boato de Goya es tan aburrido como el calor del verano: desde que tenemos uso de razón, nunca hemos tenido nada peor que lo que estamos experimentando.

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