Hace unos días, mi ahijada adolescente, abrumada por el paso de la ESO al bachillerato, me pidió que la ayudara a preparar una reseña textual de un artículo periodístico relacionado con la inteligencia artificial. Mi sobrina pensó lo mismo. … Su tío, que abría libros con regularidad, no habría tenido grandes problemas en permitirle pensar reflexivamente sobre el tema, buscando entre líneas rasgos de adecuación, coherencia y cohesión. Sin embargo, cuando me mostró las pautas de enseñanza que había desarrollado para él, sólo pude sentirme confundido y entristecido, confirmando que los nuevos métodos educativos eran la antítesis de mis habilidades analíticas básicas e instintivas.
Por eso intentaré actualizarme a partir de ahora, mejorar mi vestuario y modernizar mi peinado. Además, debido a un repentino afán de superación, intentaré actualizar mis habilidades anatómicas, lo que haré con todas mis fuerzas de cara al ensayo de una novela ambientada a finales del siglo XIX, que ya he anticipado es un tesoro literario de Adolfo García Ortega, como todo lo que escribió.
“La madre muerta” es un nuevo recurso literario sorprendente en la larga y exitosa carrera de García Ortega como narrador, ensayista, traductor y columnista. Desde su título y dedicatoria: “En memoria de Puri, mi madre, en cuyo corazón viví antes de empezar”, nos dice que esta novela es un homenaje a la maternidad, la muerte y la memoria. Luego, en un excelente prefacio, el autor expone los motivos que dieron origen a la historia que nos contará a continuación, que pueden ser ciertas o simplemente ser la prueba de una coartada.
Así, sin más, en su característica vibrante y bella prosa, nos traslada a la noche del 7 al 8 de octubre de 1889, en una diligencia con destino a un pueblo llamado Vigalegua (Adolfo lo menciona en el prefacio como un lugar real, pero no lo encuentro en ninguna de las fuentes que he consultado), donde viaja una joven llamada Gaglia Cervino con un secreto abultado en el vientre. Pero también nos sitúa inmediatamente en un período turbulento de la historia española, con regencia, cambios de gobierno, una población que pasa de una economía rural y agrícola a una urbanización industrial y tensiones sociales crecientes. Adopta una atmósfera y un lenguaje realista, humano y decimonónico, que recuerda a las obras monumentales de Galdós o Clarín, Flaubert o Maupassant.
En ese ambiente aparece en escena el médico Luis Selva, quien se hará cargo del complejo parto de la joven, que resultará en una niña huérfana de nacimiento, que responderá al nombre de Gloria.
El cada vez más decadente y deteriorado propio Luis Selva, o la aparición fantasmal o epistolar y retroactiva de Gallia, son los protagonistas de una estructura argumental que, como una novela negra o un cangrejo, comienza a retroceder; así el médico, tras adoptar a la recién nacida y dejarla al cuidado de una nodriza, inicia un viaje al pasado de la joven madre fallecida con el objetivo de encontrar a sus familiares, amigos y, sobre todo, al padre de la niña. En este viaje retrospectivo e investigativo (que tiene implicaciones de Odisea) sólo dispone de algunas pertenencias personales del fallecido, además de un diario y algunas cartas que van apareciendo en el camino. Las contribuciones en forma de diarios, cartas o algunas notas explicativas son un afortunado apoyo a la narrativa, que mantiene coherente la apasionante estructura.
Una vez adaptada la novela a una época lejana y el planteamiento es coherente y creíble, García Ortega da cohesión al conjunto detallando el urbanismo de la ciudad vieja conectada por las dos ciudades a través de descripciones precisas y luminosas de los personajes, sus nombres (Ícaro Cervino, Pergentina Lesmes, Goliarda Humanes, Verísimo Rubirosa…), los espacios y los vallisoletanos a los que parece rendir homenaje. Puentes, uno de los cuales fue diseñado por el creador de la Torre Eiffel. Pero también planteó cuestiones difíciles de digerir en ese momento, como la maternidad soltera o la homosexualidad. En todas estas aparentes búsquedas detectivescas hay mucho remordimiento, cobardía, culpa, dolor y evasión, como también lo es la necesidad urgente de aclarar los arrepentimientos y reconciliarse con las duras biografías y los recuerdos llenos de miedo del pasado.
Aunque personajes femeninos como Dominica Cifuentes o María Valencia expresan cierto aire de progresismo y libertad, la constante introspección y reflexión psicológica e incluso algunos conflictos físicos que atraviesan los personajes son inmensas, adaptándose a los hábitos y corsés actuales de difícil asimilación. El dramático desenlace, sin embargo, supuso una liberación vital para el actor principal.
Mi sobrina obtuvo un nueve y medio en la revisión de su mensaje de texto. No alcanzó la perfección porque olvidó (o no estaba entrenada para hacerlo) incluir una conclusión. Lo mío era muy obvio, me sentía como si estuviera usando abrigo, quevedos para ver más claramente, caminando con muletas, saliendo a la calle, tomando un carruaje hasta el siguiente destino, pidiendo consejo al cochero, haciendo una reverencia a las damas que pasaban, y luego sentándome en el asiento, con la enagua cubierta por unas chicas que exudaban fragancia de lavanda y cantaban la melodía en voz baja. O sea, “Madre Mujer Muerta” es una novela que me llevó mucho tiempo soltar mi cuerpo y mi memoria por lo que cuenta y la forma en que lo cuenta.