El gobierno ha dado dos nuevos pasos en su campaña populista contra el libre mercado.
El veto a la gestión privada de los hospitales públicos y la limitación de los precios de los alimentos y del transporte durante las emergencias no son incidentes aislados sino la culminación de una tendencia: Pedro Sánchez Está creando gradualmente un Estado intervencionista agresivo que sofoca la iniciativa privada y paraliza la economía española.
El ataque a la llamada “salud de los especuladores” revela la lógica del plan de Sánchez.
Porque la administración no corregirá abusos específicos ni mejorará la competencia. ilegalización de raíz Empresas privadas gestionan hospitales públicosaunque lo hacen bajo contratos transparentes y con objetivos claros y medibles.
De este modo se derrocó el modelo de concesión, la administración pública directa se consideró un dogma y se envió un mensaje claro a los inversores. En España, Entrar en el ámbito estratégico es entrar en un campo minado político..
Los resultados serán predecibles. Hay menos competencia para mejorar la gestión, menos incentivos para innovar los servicios y menos capacidad para movilizar capital privado donde el sector público no puede llegar.
Entonces el peor de los casos es status quo (listas de espera, rigidez laboral, burocracia), se niegan a explorar alternativas. A los ciudadanos se les prometió “más servicios públicos”, pero obtuvieron lo mismo de siempre: más gasto y servicios cada vez más deficientes.
La nueva ley que permite fijar precios máximos para alimentos y transporte durante emergencias puede ser controvertida al menos en circunstancias excepcionales y de duración limitada, pero también va en la misma dirección.
Porque bajo el pretexto moral de evitar el abuso de poder, el gobierno tiene el poder de decidir ¿Cuánto puede cobrar una empresa en circunstancias especiales?.
El problema no es sólo técnico (los controles de precios crean escasez y distorsiones bien conocidas por la teoría económica) sino también institucional. Es normal que el poder político supervise y regule la formación de precios siempre que encuentre una “causa justa”.
Pero la administración ha demostrado que el intervencionismo no se limita a la atención sanitaria o a crisis específicas.
Restringió los alquileres en “áreas en estrés”, limitó los aumentos anuales y estableció un laberinto de restricciones sobre los contratos estacionales, el alquiler de habitaciones y las propiedades turísticas.
A través de la SEPI juega un papel cada vez más importante en el capital y consejos de empresas estratégicas (Indra, Telefónica).
Multiplica el número de empleados públicos y encarece las actividades de autónomos y empresas con mayores cotizaciones e impuestos adicionales a los bancos y a la energía.
Al mismo tiempo, el gobierno desconfía de todas las formas de educación privada. Asfixiando la creación de universidades privadas con exigencias casi disuasorias, la norma ‘Stop a los chiringuitos’ anunciada en FP y fortalecer el control sobre las ofertas académicas.
Incluso en el ámbito más íntimo (el consumo de pornografía en línea) está ansioso por diseñar herramientas de verificación que vayan más allá de la protección de los menores, abriendo la puerta a una vigilancia sin precedentes de las vidas digitales de los ciudadanos.
Todos estos mosaicos forman un plan nacional. En este modelo, el Estado no es un árbitro neutral sino un actor importante, a menudo en detrimento y en competencia directa con el sector privado, el único sector verdaderamente productivo.
En este modelo, los precios, los contratos, la propiedad y las decisiones comerciales están sujetos a un escrutinio político cada vez mayor.
Esta es una traducción contemporánea de viejos argumentos socialistas que la realidad ha refutado repetidamente: desconfianza en las ganancias, prejuicios contra los empresarios, Un Banco de Inglaterra hiperactivo podría generar ilusiones de prosperidad.
Las consecuencias para la economía moderna son obvias. La incertidumbre regulatoria obstaculiza la inversión a largo plazo.
Los controles de precios suprimen la oferta donde más se necesita.
La demonización de las ganancias ahuyenta el talento y el capital hacia países donde iniciar un negocio no conlleva ningún riesgo político.
El continuo aumento del peso del sector público (en términos de empleo, gasto, presencia corporativa) reduce el espacio para que florezcan estructuras de producción flexibles, diversas y competitivas.
España no quedará paralizada de la noche a la mañana, pero corre el riesgo de encaminarse lentamente hacia la asfixia. El crecimiento potencial se reduce, la productividad cae, la innovación está políticamente limitada, Empresas que buscan específicamente favores regulatorios en lugar de competencia..
El intervencionismo de Sánchez no nos protegerá de los desafíos del siglo XXI. Nos encierra en mentalidades obsoletas del siglo XX que son incompatibles con un país que aspira a ser vibrante, abierto y próspero.
Defender una economía libre hoy no es un lujo ideológico, sino una necesidad práctica. España necesita más competencia, más garantías legales, más respeto por el ahorro y el riesgo, no más edictos sospechosos de todo lo que el gobierno no puede controlar.
Cada hospital excluido del sector privado, cada límite de precios, cada empresa “estratégica” colonizada por el Estado, es un paso hacia un modelo que la historia ha demostrado que fracasa: el modelo socialista.
Y luego fue corregido, Cuanto más caro les sale a países como el nuestro recuperar el pulso económico.